jueves, 4 de junio de 2020

EntreTanto, en Algún LuGar

Nuevo libro. Nueva normalidad. Todo nuevo. 
El libro se llama Entretanto, en algún lugar. La editorial, El Desvelo Ediciones. La portada es de Victoria O´May. El prólogo es de Julia Otxoa. Entre tantas personas queridas y admiradas, "lo nuevo" ya tiene para mí una gran cantidad de "bueno". Gracias.
El libro es de cuentos (o no tan cuentos). Algunos son pequeños y traviesos. Otros son ya mayores. En todos hay una parte fresca y otra madura. Espero que cada cual encuentre el suyo y se lo quede.



Hoy voy a contaros el cuento de El insecto palo (página 50)

"Las nubes negras con borde amarillo se rompieron contra las montañas como si fueran cáscaras de huevo, y la luz se desparramó hecha clara y yema dentro del valle. Yo todavía seguía electrizado e imantado. Podría pensarse que mi cuerpo era de hierro y níquel.

Lo había visto un cuarto de hora antes, en el área de servicio de la autopista A-8, mientras espe­raba turno en la cola de la cafetería self-service. Era delgado y huesudo como un insecto palo. Su cara triangular reforzaba el efecto de lepidóptero, su na­riz griega le añadía un porte digno, y sus cejas oscu­ras resultaban un acento, una tilde para subir el énfa­sis de su expresión neutra. Llevaba jeans negros y un jersey pegado de cuello perkins gris marengo. Espe­raba su turno en posición tan erecta que podría ser­vir su espalda para nivelar la pared. Una figura ape­nas real, poco humana. Desde su estatura no miraba a nadie ni parecía concentrado en nada. Se limita­ba a permanecer elevado en el aire del autoservicio como si los cuatro puntos cardinales lo sujetaran y lo enderezaran. Yo no era capaz de despegar mis ojos del insecto palo. Imaginé cómo sería tocarlo, lo mis­mo que un niño siente el impulso de atrapar una la­gartija solo para apreciar su pequeña naturaleza dife­rente. Imaginé sus aristas cortando mis dedos igual que un cuchillo afilado. Porque eran filos sus huesos, no ángulos. Toda una hipérbole de la ligereza y del riesgo. No quería mirarlo más por si él bajaba su vis­ta y me atrapaba en mi silla como un insecto mayor atrapa a la mosca de un lengüetazo. Por eso le lanza­ba pequeños vistacitos mientras me fumaba un ciga­rro a grandes bocanadas. Al ver que él seguía en cal­ma, empecé a demorarme en detalles cada vez más nimios: los ojos en forma de hoja de roble, la me­dia melena ondulada del color de la hojarasca seca, los largos dedos con los que tecleó una sola vez en el móvil. Y también una vez solo tropezaron sus ojos de roble con los míos. Un microsegundo, si existe esa medida. Fue un instante en el que me sentí más consciente por dentro que por fuera. Desapareció la carne y se tocaban mis neuronas, humores y cartíla­gos como si mi cuerpo fuera un paisaje de cielo, tie­rra y agua.

Puede que recordar ese estremecimiento me im­peliera a maniobrar para bajar de la autopista y des­andar la decena larga de kilómetros hasta regresar a la estación de servicio. Mientras tanto me pregun­taba por qué razón se envalentonaba mi yo cuando iba subido a un vehículo. Ante el mundo detenido, sucumbía. Quizás mi espíritu se petrificaba ante las normas. Ahora estaba en modo tregua. Podía es­cuchar mis pensamientos por encima del ruido del coche, de la autopista y del mundo que nunca calla. Podía escuchar también cómo mi corazón acelerado se adelantaba a mis actos. No podía imaginar nada más allá de volver a mirar al bicho, y quizás rozar al­guno de sus filos. Me parecía que el aire habría de llenarse de un gas ligero, más semejante al helio que al nitrógeno. Helio y oxígeno. Me parecía factible pasarme el resto de mis días rozando las aristas, flo­tando en la vida. Por eso tenía que jugármela.

Y volví allí. Y no tuve que rebuscar ni sufrir. Lo vi sentado en un escalón de la entrada al bar, con las finas y largas patas encogidas como a punto de dar un salto. Cualquiera diría que estaba esperándome.

Se acababa marzo. La arboleda que crecía a la orilla de la autopista empezaba a revivir con ese co­lor de verdura fresca que enciende los sentidos. Yo estaba de pie junto a la puerta del coche cuando los ojos en forma de hoja de roble cayeron flotando so­bre los míos. Y después de demorarse en mirarme, los ojos de roble miraron en dirección a la arboleda".

 

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jueves, 28 de mayo de 2020

Jueves de DomiNGo.

Hemos dado un paseo por los humedales de Salburua para visitar a los amigos ciervos, quienes, al vernos, continuaron rumiando su menú de hierba más fresca y crecida que nunca. Hoy hace tarde de domingo, aunque sea jueves. La gente pasea por los anillos verdes y también por la ciudad, alegres y relajados, vestidos de domingo, aunque sea jueves. Ya no vamos de trapillo como durante los meses de confinamiento, cuando nadie se vestía para los demás, sino para bajar al súper o a la farmacia con la ropa de andar por casa, o con una camiseta y unos pantalones viejos para tirar. Hoy ya no. La ciudadanía ha despertado de su extraño y atemorizado letargo y ha elegido la ropa que se iba a poner. Los colores concuerdan y la cabeza va erguida. Aunque la mascarilla borre la boca, la sonrisa llega hasta los ojos, cejas y frente. No sólo la boca dibuja la sonrisa. Y a pesar de la imagen distópica de la gente con mascarilla, nadie teme al apocalipsis bajo el sol. La ciudad ha perdido los tonos plomizos y en el ánimo no resuena el acorde sostenido de órgano como en las películas futuristas catastróficas. Necesitamos volver a la normalidad, como dicen unos; o a la subnormalidad, como dicen los “graciosos”. Pronto haremos balances, estudios, películas, retrospectivas, revisiones analíticas, prospecciones, documentales, etcétera. Pero mucho me temo que un porcentaje de gente severamente alto lo haya borrado de su disco duro para seguir creyendo que la “normalidad” de antes existe todavía y es un valor seguro. Y cuando digo “antes” me refiero a toda la vida. Eso explicaría que en los foros del poder hayamos vuelto a los tiempos de la segunda República, a la crueldad, el exabrupto y la desfachatez beligerante de quienes no admiten la alternancia en los gobiernos.

No puedo dar la cara (entera) ante tanto despropósito.

Muchos habíamos caído en la tentación de tener esperanzas en que el escarmiento de la pandemia y el tiempo de reflexión e introspección nos rehabilitaran y predispusieran a una nueva forma mejorada(más creativa, respetuosa y sosegada) de ocupar un lugar en el mundo. Sin embargo, ni por esas. Estamos abocados a reincidir y estamos hechos a la fealdad del estancamiento. La pregunta del millón es: ¿qué dosis de Covid-19 u otras catástrofes o plagas habrán de asolarnos antes de que la humanidad asuma sus errores?

  

lunes, 4 de mayo de 2020

Bajo el Cielo Limpio

A través de mi ventana veo pasar los trenes fantasma, veo pasar a un hombre cabizbajo que parece conducido por su perro, y veo pasar las nubes cuyas formas ya nadie interpreta con mirada soñadora. En la ciudad detenida sólo escucho las campanas que doblan y el zumbido de un falso silencio hecho de una nueva sonoridad de intramuros.

El virus con nombre de Pokémon ha roto el encantamiento de la humanidad. Tras su alerta todos vemos al emperador desnudo. No era verdad que el progreso no tenga límites, que siempre se pueda acumular más riqueza y alcanzar mayor velocidad. Ni siquiera era verdad el bienintencionado crecimiento sostenible. El emperador está desnudo y la humanidad puede verlo ahora que el bicho con nombre de Pokémon ha roto el embrujo de Jafar, Maléfica o Cruella de Vil. Qué tristeza parecernos a los productos de la factoría Disney.

Nadie había imaginado cómo suena el mundo detenido. Ni siquiera tu pequeña ciudad detenida, tu barrio, tu bloque de viviendas donde los niños juegan en sordina. Ahora ya lo sabemos todos. Nuestros ojos han despertado. El zumbido del silencio nos sobrecoge. Y en el vacío extraño que provoca la inacción, los pensamientos alcanzan una profundidad que nunca se lograba con la velocidad. El pensamiento es un proceso quieto. La verdad es esa evidencia que emerge de una ciudad detenida bajo el cielo limpio.



DiONiSiA Bajo Otros CiELOS

La poderosa mirada de Dionisia García se desliza sobre el paisaje "Bajo otros cielos".




Leer aquí: BAJO OTROS CIELOS

miércoles, 15 de abril de 2020

NO dESeO saLIR del PALIMPSESTO,



Cómo salir del palimpsesto
Ángela Serna
(Prólogo de Elsa López)
L.U.P.I. 2019
113 páginas


Se abre el telón. Son Calderón y Shakespeare. Penélope abre su ventana y escucha el cielo sobre el teatro del mundo. Alguien explora lo más liviano de la semiótica. Es Umberto Eco. Los lenguajes no son reinos que instauran las palabras. Ellas no reinan. Ellas son lo que vuela y lo que se asienta. Una poeta indaga en el proceso de sedimentación y en la aventura del arrastre. Es Ángela Serna. Mucho más allá del juego de los contrarios y del afán de la acumulación, la poeta soporta ser consciente del tránsito. Resiste. Rastrea la huella mínima que, siendo efímera, contribuye a marcar los caminos. El camino es la unión. El camino lleva al cruce. Todo es camino y caminar. El caminante interioriza y anota. Aventura, valor, precisión. El azul es caída. Reposo y caída. Cielo y mares. De eternidad en eternidad. Tanto en el tránsito de la nube como en la pirueta de la ola. Igual que una crisálida abriéndose a las puertas del mar. Y la voz se adelgaza para buscar no sólo la belleza, sino también la pureza. Por tanto, hay destilación. No sólo busca la poeta el dibujo que deja en el aire lo ausente, sino que busca su perfume también. Y su melancólica melodía. Desde la orilla, sólo me llega / la voz de un viejo sauce llorando. ¿Qué importa el dolor entonces? El dolor que ya era se vuelve sustrato, medio y vía. Hay reparación. Es Flaubert. Es preciso franquear los límites para rescatar ...Nos devolverá la locura / la cordura de creer / que fuimos un tiempo / dueños / de nuestras / infracciones... Hay que rizar el rizo de lo más azul para hallar lo más luminoso. Tanto en la singladura como en el vuelo. Avanzamos lentamente   confiando / al aire lo que es del aire. / Al mar lo que es del mar. Se cierra el telón y la lectora, emocionada, comprende que regresa de un viaje y de un reposo. Guarda en su memoria la odisea compartida en el laberinto de la palabra. Conoce un nuevo color, otra tonalidad más rica y matizada en el lecho del palimsesto. Y todo es agradecimiento y gozo. Y la lectora no desea salir del palimpsesto.


sábado, 4 de abril de 2020

BAJO OTROS CIELOS

BAJO OTROS CIELOS (Versos viajeros: un recorrido poético por la geografía) es una magnífica iniciativa en formato de plataforma poética que nos invita a viajar de otro modo, ahora que el mundo se ha detenido. Muy agradecida por incluir mis escritos sobre Berlín y París.










domingo, 8 de marzo de 2020

bONSÁiS



Más pequeñas aún eran tus manos,
venosas y morenas;
más pequeñas aún que dos bonsáis,
que dos árboles complejos, contraídos.

Amasaban pestiños, panes de harina blanca,
tortas de piñonate. Tus manos
pelaban ajos tiernos, patatas tempraneras,
largas pencas de acelga.
Planchaban dobladillos, las mangas y los cuellos.
Encalaban la casa por encima del friso.
Lavaban los visillos, las dos colchas morunas,
las medias con costura.
Limpiaban las orejas del sillón.
Cosían los ojales, jaretas y festones.
Zurcían calcetines.
Bordaban iniciales en la mantelería, tus manos.

Buscaban sus abrazos a mi espalda:
dos ardillas partiendo su avellana.
Me dieron el adiós con La muerte del cisne. Tus manos.
Con el largo pañuelo de Isadora Duncan.

Bajé de tus bonsáis a una calle agitada.
Era un día de agosto.
La puerta de casa se cerró. Lacró. Selló. Borró.

(De La noche en una flor de baobab)

miércoles, 27 de noviembre de 2019

PoesiApp


Tentativas de definición de este libro:

PoesiApp, de Juan L. de la Cruz (AAediciones, 2019), es una bitácora de la vida, un cuaderno de viaje que se retransmite de modo poético por WhatsApp. Se trata sin duda de un género nuevo.

Son las notas de una vuelta al mundo sin salir del alma y un informe de regresos sin que el viaje cese.

PoesiApp es un microtratado filosófico de oscura pureza y de antigua ternura.

Una propuesta comunicativa que reúne fábulas en formato tweet, confesiones del tamaño de un aforismo, odas a la belleza que funcionan como un eslogan, perlas de plegarias, píldoras de opinión, mensajes S.O.S retóricos y tratados filosóficos hiperbreves.

PoesiApp es un despliegue conceptual escrito a ritmo taquigráfico con lenguaje sincopado.

Un poemario que te descargas como una aplicación y se lo instala el lector como un programa para reformatear su pensamiento en clave poética. 

La poesía es una vieja dama que nunca se ha muerto. Que lleva miles de años viva. Y no sabemos si es una hechicera, o una vampiresa, o una diosa, o una activista, o una prostituta, o una niña rubia, o una delegada comercial, o una camionera, o una agente de seguros, o una profesora de Berkeley. O todas a la vez. Siempre ha latido en los corazones aventureros. Siempre ha soñado en los ojos de los Ulises y de las Penélopes. Se alzaba con los puños de las revoluciones. Ha sabido rezar odas, pronunciar sonetos, cantar romances, componer liras, dibujar caligramas, esgrimir epopeyas, lanzar pareados, llorar epitafios, musicar la vida y preservar el alma. De este modo llegó hasta nuestro presente, sin permitir que las edades del mundo la debiliten.

Su fuerza grabó la piedra, garabateó pergaminos, conoció la imprenta. Pero ahora, en este milenio nuestro de electricidad y de silicona, su fuerza anidó en un móvil y tomó la red. Y rejuveneció una vez más. Y se reencarnó en PoesíaApp.

Imagina al poeta caminando de puntillas por las teclas de su smartphone, como si sus dedos fueran bailarinas que pulsaran la poesía de tecla en tecla, de ladrillo en ladrillo. Imagina al poeta adelgazando sus dedos para que puedan pinzar poesía. Letra por letra, como si fueran insectos que no deben dejar de volar en streaming por el software de tu cabeza, por el hardware oculto en tu corazón.

Enhorabuena al poeta por bailar en la nube con esta vieja dama eternamente joven.

(Palabras de Ángela Mallén en la presentación de PoesiApp, de Juan L. de la Cruz. Vitoria-Gasteiz, 25 de noviembre 2019. Salón de grados UPV)





viernes, 8 de noviembre de 2019

EL ENOJO DE LA CLASE POLÍTICA

                  Wäre es da nicht doch einfacher,
die Regierung löste das Volk auf und
wählte ein anderes?

(¿No sería en ese caso más simple
para el gobierno disolver al pueblo
y elegir a otro?)
(Die Lösung / La solución.
Bertolt Brecht)


El pueblo español está castigado a repetir cien veces las Elecciones. Porque no se ha preparado bien el tema y no ha contestado correctamente a la pregunta. Una pregunta fácil, con pocas alternativas.

Es cierto que las nuevas tendencias políticas internacionales han penetrado en la red nacional haciendo que las opciones se multipliquen y con ello se haga un poco más compleja la tarea de acertar la respuesta. También debería tenerse en cuenta que los nuevos representantes políticos son jóvenes e inexpertos y no han sabido explicar del todo bien la lección. Pero, por muchas excusas y pretextos que el pueblo busque o elabore, nunca será eximido de este severo castigo. ¿Cuándo entenderán las personas convocadas a las urnas que lo que está en juego queda por encima de sus insignificantes mentalidades? No se puede votar a la ligera, de manera caprichosa, dejándose llevar por el colorido de las insignias o el atractivo de los programas. Hay que saber separar el grano de la paja. Hay que prepararse el tema.

Y, como no podía ser de otra manera, la clase política está enojada, muy decepcionada. No esperaban tener que darle al pueblo un suspenso general. Es evidente que los partidos no pueden arriesgarse a un nuevo fracaso en sus estrategias, y por eso, el pueblo ha debido pasar de ser sólo sufrido a ser también castigado. Un castigo ejemplar, para que el electorado aprenda de una vez a repartir y dosificar bien sus votos. De seguir la gente como hasta ahora, haciendo el burro y el vago, la clase política presentará una nueva iniciativa según la cual serán los partidos quienes elijan la papeleta que depositaría en las urnas cada miembro de su electorado. De hecho, con el primer bloque que logre la mayoría para formar Gobierno, dicha iniciativa podría convertirse en proyecto de Ley que entraría en vigor tras registrarse en el Congreso y ser ratificada por el Senado.  Por último, y para dejarlo todo bien atado, el claustro de líderes políticos determina, por mayoría cercana a la unanimidad, que sólo en el caso de que el resultado de futuras Elecciones fuera incorrecto y por ello mereciera la calificación de INSUFICIENTE, se disolvería al pueblo y se elegiría a otro. Quizás andemos cerca de tener que aceptar la sugerencia de Bertolt Brecht.

martes, 1 de octubre de 2019

eN LA LuZ dE La “HERMOSA NADA”

Bartleby Editores. Madrid 2019. 112 pág.
Primero se da una atmósfera, y de ella devienen los mundos. Esa es la lógica de toda génesis. Y así también parece haberse generado el espléndido poemario de Rosa Lentini, “Hermosa nada”. Tenemos una atmósfera psíquica, a cuya luz trabaja el pensamiento sobre una urdimbre orgánica. Tenemos una partitura lírica compuesta de aullidos lejanos y susurros internos. Tenemos un enjambre de conceptos semánticamente depurados que logra una imaginería figurativa y desfigurativa a la manera de Francis Bacon. Sin embargo, aunque estemos en la fórmula de Bacon en lo que se refiere a lo inquietante e intenso, somos invitados a evocar la abstracción poética de Dubuffet y el purismo geométrico de Piet Mondrian. El lector recibe de este modo una propuesta multidisciplinar: poesía de lenguaje icónico -casi fílmico por su composición escenográfica- y también una partitura que expresa con energía el eco de la tristeza y con dulzura el resplandor de la memoria, del modo en que un cuarteto de cuerda interpreta el Opus 10 de Claude Debussy.

Hay mucho de anglófilo en la obra de Lentini. Algo que nos hace pensar en un intercambio de aliento con ciertas poetas americanas, como si de algún modo Sharon Olds pensara en Rosa Lentini mientras escribía “Vuelvo a mayo de 1937”. También Tess Gallagher podría estar haciéndole un guiño cuando habla de “escribir con la mente profunda” o cuanto dice “Por un momento, la profundidad del mundo / me devuelve la mirada.” Y es que “Hermosa nada” nos plantea un catálogo de la memoria bajo el resplandor de las epifanías. Lo cotidiano, su objetividad de aristas, el silencio de escenario vacío y la memoria que opera de manera desnuda, cruda, analítica, en busca de una trascendencia sigilosa.

Rosa Lentini nos entrega un trabajo de precisión a la manera de Wisława Szymborska cuando ésta escribía: “Pobres difuntos, inocentes difuntos, engañados, falibles, ineptamente precavidos…”. A lo que Lentini responde desafiante: “La piel que me impedía crecer cae al suelo” (pág.9). Y entonces levanta la mirada, ese gesto, y da con ella en la diana más recóndita del otro, en su brillo, su oscuridad, su núcleo, su muerte. Saber mirar universos interiores, de eso se trata aquí. Traducir el diálogo mudo que emprenden las miradas difíciles. Conversar con las sombras: la madre que se une a las aves del silencio, el padre y su “salto hacia el gran río”. Dramaturgia contenida por un hilván maestro y el bosquejo de una escenografía en la bruma. “Nada está menos en calma que el tiempo detenido/ de un cuarto de hospital” (Pág.18). Constatar que los colores del cielo tiñen las emociones. Probar una tesis: hay que crear un alma para hablar con los ausentes. Un alma que duda entre lo divinizado y lo mineral. Porque las gigantes estatuas sucumben a la fragilidad y luego a la transparencia. Porque la familia, anhelo de caricias, corazones en formol, se vuelve liquen entre las brechas. “Día tras día invento la historia de su amanecer y de su ocaso” (Pág.41). Durante muchas páginas continúa el monólogo de seda abriéndose paso en una naturaleza boscosa de evocaciones y sombras chinescas. Hasta que cae el luto de gigantes en la lejanía, “todo gigante es un ser alejado”, y ya estamos en sus grandes manos.

“Hermosa nada” es una apuesta audaz y milimétricamente calculada. Como una carambola sobre terciopelo negro. Un viaje a un no-lugar donde reposan “las almas con sus recuerdos grabados a fuego” (pág. 62). Toda esa intensidad en calma, todo ese  trabajo de tensión-distensión que emprende la voz poética para analizar y comprender, como quien desmonta y luego ensambla un artilugio complejo  en busca del misterio de su movimiento. Tal vez obediente a lo que nos dijo María Zambrano: “La poesía descubre con la voz el secreto”.

Una poesía “con poder catártico”, dice de ella Ricardo Cano Gaviria; situada “en los confines de la narrativa”, añade Ana Nuño. “Una poesía con mayúscula, en la que todo tiende a ser tentativa de consumación”, opina Javier Lostalé. “Intensa palabra poética, sea en el deslumbramiento o en la desolación”, escribe J.A. Masoliver Ródenas. En todo caso, Lentini establece ante el lector un diálogo elíptico brillante con las siluetas de Mallarmé, Celan y Pizarnik “Renacido a partir de nada, o de casi nada / el sueño de una mudanza que se pierde / sobre un océano sin ruidos” (Pág. 39).

Escribió Chantal Maillard: “Sin embargo, / sin embargo…/… La lucidez es una chispa, un / estado de conciencia / en las multiplicadas estancias… /…Yo soy el infinito proyecto de mí misma / por encima de mí / me sobrevuelo”.  Rosa Lentini se sobrevuela en su “Hermosa nada”, por encima de las estancias y del autoconcepto. No expresa exactamente la calma, sino la vuelta a la calma después de destilar, asimilar, balancear y estabilizar el material simbólico de un paisaje anímico recorrido a vista de pájaro “mientras la noche esconde en la noche su lámpara de hielo” (Pág 98).

Y se hizo la luz de la “hermosa nada”.

domingo, 16 de junio de 2019

Abedul o mAgnolio

Obra en madera de Marcelo Díaz
Toda calle debería tener una esquina con su bar, y una pizzería con su toldo, y un vendedor de cupones con sus gafas negras, y un músico itinerante de patas largas, y una heladería, y un estanco, y una ferretería, y una hilera de castaños a los que, por primavera, se les ponga la cabeza redonda llena de flores blancas en forma de zarcillos o de endibia; y un perro husmeando, y una fuente pequeña, redonda, clásica, con diosas.
No concibo esta calle dura y rapada; esta calle sin niños cargantes, ni abuelos con la vida hirviéndole debajo de la boina, ni señoras con dos bolsas de plástico, ni un gato desconfiado debajo de un coche, ni portales con portera, ni patios, ni azoteas, ni una parada de autobús con una papelera desfondada. De cuando en cuando pasa por aquí una dama de alcurnia taconeando o algún quinceañero recién duchado que viene del polideportivo con piscina cubierta. El resto de la tropa pasa en coche y se los tragan los garajes.
Mi calle es de acero y hormigón. Si las cuentas, hay cuarenta y cinco farolas diseñadas como para jugar a tiro al plato. Hay edificios sobrios, edificios emblemáticos y edificios inteligentes. Hay un edificio todo de cristal. Hay hábitats laborales y escenarios familiares. No hay ni un nido.
Y aquí estoy. Nadie viene a olerme. Nadie me echa su aliento, ni su lágrima, ni su papel de chicle, ni su parrafada, ni su pis. No escucho el bullicio, ni el runrún, ni el canto del músico melancólico, ni el chorrito de la fuente a la hora de la siesta. Para esto es preferible vivir en la fría Escandinavia.
El concejal de urbanismo firmó el proyecto urbanístico en su fase terminal: “…perseguimos la funcionalidad, la sobriedad, la modernidad... conjunto armonioso..., equilibrio de formas y materiales..., líneas definidas..., espacios diáfanos..., y un referente natural:  abedul o magnolio con seto recortado de boj”.

No hay más que hablar. Por exigencias del proyecto, en esta calle mía tan seca sólo vive un árbol: yo. Esquelético. Enclenque. Depre. ¿Abedul o magnolio? Ya ni me acuerdo.

(De Bolas de Papel de Plata. Vitoria 2014)

En AGITADORAS

sábado, 8 de junio de 2019

el MiraTrenes


Los trenes nos tragan, nos digieren, nos transforman en bolo. Salen de los túneles como los ríos de las grutas o las personas de la enajenación, con un sonido grave que luego sube una octava y por último se vuelve un sostenido. Los trenes son enormes instrumentos musicales. Son máquinas eficientes del tiempo interno donde el viajero puede contemplar el todo en el núcleo de la oscuridad y la nada en el borrón de la velocidad.

En el tren siempre viajamos al mismo punto y tenemos la misma edad. Varía el paisaje como cambian los días en los calendarios, sin alterar la esencia de la vida ni aportar grandes novedades al viajero. Pasan campos con más o menos árboles, cielos con más o menos nubes, andenes con más o menos gente. Sólo el viajero parece detenido. Como un eje que pudiera ver y pensar eternamente. Como una estrella presocrática.  Pasan imágenes coloreadas. Pasan ciudades con nombre de destino. Se ve una casa abandonada cerca de un barranco, un campesino suspendido en un gesto, un ciclista funámbulo sobre la cuerda de un camino, dos o tres pasos de alguien, maletas en el andén, un cogote y una cara fundidos en un abrazo. Podemos imaginar una historia sencilla y triste, una lágrima para un pañuelo de papel. Pasan grandes nubarrones gris marengo que parecen un dibujo emborronado con el pulgar. De repente el cielo está limpio. Se convierte en un cielo sencillo, con la luz blanca y halógena de las tardes de invierno a través de los árboles desnudos. En el gris quedan abandonadas, como dinosaurios en otra era, naves industriales en medio de un charco de cristales rotos, ciudades de barrios roñosos, las afueras de la dignidad donde reinan la vergüenza junto a la culpa y donde se busca la invisibilidad.

En alguna estación de las tantas, con un poco de suerte, el viajero encontrará la mirada abstraída de un jubilado miratrenes. Es una mirada que parece vacía y efímera, pero es un chorro de pensamiento, una biblioteca de la vida, una película que dura cien años. Es una flecha que puede ver y crear. Acertar o caer. Es una idea al otro lado del tren. Es un garfio para los ojos del viajero. Es un espejo, un ancla, un pequeño planeta poblado en medio de la nada vertiginosa.

El miratrenes ha visto al viajero. Lo ha atrapado en la velocidad. Lo ha rescatado y guardado en sus ojos detenidos, sabios como un árbol; viejos, mucho más viejos que todos los viajeros efímeros.

Los ojos del miratrenes ponen a salvo al viajero, en medio de la llanada.
(De Bolas de Papel de Plata, 2014)

martes, 16 de abril de 2019

TOdO PAsA EN LA SOmbRA


HIPÓTESIS DE TI. Fernando García Murga
(Arte Activo Ediciones. Vitoria 2019
Portada: David F. Brandon)

Presentación. Casa de Cultura “Ignacio Aldekoa”. Vitoria-Gasteiz 15 Abril 2019


Yo o mi circunstancia
No soy un ser al que le arrojaron al mundo. El mundo se ha arrojado sobre mí. Y me ha bautizado mujer. Y me ha cubierto tanto de filósofos como de asesinos; tanto de amantes como de conspiradores. En mis venas habitan palomas y serpientes. Mis huesos son trozos de madera noble y de plástico. En mis vísceras resuenan las voces de mil mujeres y los ladridos de mil perros artificiales. Mi compleja circunstancia. Mi compleja circunstancia… (F. García Murga).

Fernando García Murga ha escrito un libro que marca y cierra un círculo perfecto: Desde el silencio y su casuística (el olvido, el cansancio, la invisibilidad), hasta la vuelta de nuevo al silencio; esta vez, esa clase de silencio que deja “durmiendo en el aire” una nota musical después de haber sido talentosamente ejecutada.

Seis partes componen la obra: Prólogo, epílogo y cuatro apartados con nombre en lengua sánscrita (representando, dice su autor, las diferentes formas de aprendizaje propuestas en una teoría epistemológica india). Estas partes conforman un complejo mosaico de memoria y conjeturas, averiguaciones, rebelión, renuncias y amor: el rompecabezas que representa a la mujer.

Con una poesía disuelta en prosa, o que tiñe la prosa de poesía. El autor asume el dolor en femenino, la injustica sorda, la invisibilidad histórica de la mujer, su "despresencia".

Desde mi condición de mujer en genérico, agradezco que un hombre, que podría quedarse repantigado en su hombría, en su rol académico, o en su cabeza alimentada de cultura patriarcal, desaloje su ego, la tendencia de todos y todas, al alojamiento en lo personal, para vestirse con la piel de la mujer. Para investirse mujer. Y viajar por ella y con ella a su invisibilidad, al dolor contenido durante tantos siglos de ser apenas nadie. De ser a duras penas. Siglos de partos y lutos, desprecio y ultraje. La mujer acusada, quemada, mutilada en su placer, silenciada sin sufragio, castigada, lapidada, molida a palos, asesinada por un verdugo que quizás vive aquí al lado, en una calle de nuestro barrio.

Este es un libro salvador. De comprometido defensor. De empatías. Y, por eso, de dualidades y binomios que se trasvasan. De tú a yo. De yo a tú.
Silencio y grito. Como gritos y susurros.
Sueño y vigilia. Como ensueño y alertas.
Sosiego y rebelión. Como curación y guerra.
Poesía y prosa. Como música e historia.
Castigo y perdón. Como serpientes y palomas.
Tú – Yo
Luz – Sombra

Contrarios y contrastes se solapan, dialogan, se identifican, se completan en “la compleja circunstancia”.

La primera clave nos la dan ya las dos citas que abren el poemario. Si engarzamos la primera frase de Rosa María Roffiel y la última, de Gabriel Celaya, leemos: “En mí habitan mil mujeres…” “… que la sangre golpea buscando salida”.

Y es cierto que, al abrir este libro, expele un fogonazo de energía contenida, como el salto de un caballo salvaje que había estado embridado, o la voz que había estado enmudecida.

Si fuera una obra musical, este libro tendría una textura polifónica. De pájaros encerrados y al fin libres. Voces soprano, mezzosoprano y contralto que cantan mediante una sola boca.

Y si fuera un cuadro, sería de Francis Bacon. Por la fuerza figurativa, brillante y oscura.

James Joyce dijo que la imaginación es memoria. Y Murakami dice que “La imaginación es una combinación de recuerdos fragmentados que, combinada de forma eficaz… puede tener un carácter tanto preventivo como intuitivo y… eso debe transformarse en el motor y en la fuerza de la historia. Este libro, entregado en capítulos sánscritos, conforma la memoria histórica femenina para refrescar la memoria colectiva. Literatura fragmentaria, moderna, de cosmovisiones y epifanías. Fragmentos que se desmontan y montan para comprender la identidad. Como hace el relojero, como hace el niño con sus coches de juguete. Como hace el poeta cuando rastrea las voces que nos habitan. Fragmentos como aforismos, proverbios o tweets, en ese formato que ya eligieron los sabios de oriente, los pensadores clásicos o las voces ya modernas de Nietsche o René Char. Esa escritura concentrada y sintética, cercana al silencio y placentera al pensamiento. Sus pequeñas piezas nos llevan por las calles y ágoras a las casas, a los dormitorios, a los baños, siempre hurgando y rebuscando en la cotidianidad, desvelando las estructuras de poder, salvando a “personas entrecortadas”, iluminando las siluetas de la sombra.

Todo pasa en la sombra, dice León Felipe. Y también pasa la luz, como demuestra este libro escrito por Fernando García Murga. Un libro rabiosamente tranquilo. Lúcido, poético, intelectualista y no obstante sencillo, que va desde el silencio cómplice y culpable que pesa sobre la historia en femenino hasta el silencio limpio y hondo que deja la música de la verdad “durmiendo en el aire”.

Gracias.

(Ángela Mallén)

viernes, 12 de abril de 2019

NO DEMaSIAdO LEJOS DeL VOLCáN SNEFfeLS

El jueves fuimos al cine. Eso ya era un placer, que el jueves se volviera tarde de domingo. Vimos una película de Islandia. Al salir del cine, una señora iba diciéndole a un grupo de amigas y amigos: la primera película islandesa que veo. Y será la última. Jajaja, corearon todos los demás. Sentí la aspereza de sus carcajadas sobre mi corazón encogido. Como si me cambiaran una blusa de seda por una de esparto. La película se llama “La mujer de la montaña” (en islandés Kona fer í stríð, que significa Una mujer va a la guerra). Una profesora de canto combate con actos de sabotaje contra la industria del aluminio que contamina la naturaleza. Y es que Islandia es una isla alfombrada de lana gruesa, parda, casi dorada. Sobre ella caminaron el Profesor Lidenbrock, su sobrino Axel y el cazador Hans cuando iban en busca del volcán Sneffels, por el que penetrarían en el centro de la tierra. Las casas por allí son minimalistas, prácticas y cálidas. La mujer de la montaña tiene un alma justiciera, un medio primo solidario y una hermana gemela que vive en la espiritualidad. Engarzada en la historia, como si se tratara de un actor más en el elenco, aparece la música. Aparece literalmente, con su lirismo étnico. Toda la película es un poema épico y visual que utiliza los recursos de la imagen, la palabra y lo musical para impactar en el kokoro (mente-espíritu-corazón) con las tres claves de empresa aventurera, fina ironía y profunda humanidad que ya utilizara el maestro Julio Verne en su novela. Gana el tres por tres. Habría mucho que añadir y quizás desvelar. Sin embargo, no voy a insistir. La película está en cartel, abierta a todos los públicos; tanto para quienes sobrevaloran la visión fácil como para quienes exigen un mínimo de sano y estético goce anímico-intelectual. Varios importantes premios y nominaciones internacionales avalan la dirección de Benedikt Erlingsson o la interpretación de Halldora Geirharðsdóttir. Yo escribo estas breves líneas sólo para enmendar las carcajadas que escuché a la salida del cine.



viernes, 1 de febrero de 2019

PLAGIO. Una novela “original”


Autor: Rosauro Varo Cobos
Ediciones En huida. Sevilla, 2018
15 €

Rosauro Varo Cobos, joven pediatra cordobés, curtido en calidad de médico y cooperante en países como Costa Rica, Perú, Sudáfrica, República Centroafricana o Mozambique, ha escrito una novela imprescindible. ¿Por qué imprescindible? Porque nos confronta con la vertiginosa actualidad prestándonos una mirada caleidoscópica, intertextual, con ese parpadeo-zaping que es la única oportunidad que nos queda para comprehender el presente.

Todo lo que aloja este libro ya ha sido pensado, analizado, madurado y descifrado. Todo lo que aloja este libro ya ha sido grabado, redactado, recitado y cocinado. Todo lo que aloja este libro ya ha sido vivido, leído, oído y digerido. Todo lo que aloja este libro no es más que un plagio. Todo lo que aloja nuestro interior lo es.” Así comienza la novela, así de a palo seco. A continuación, entramos en una mente que parece ubicua a través de un diario que parece un informe policial. Y ya estamos atrapados.

PLAGIO es un rugido áspero, una “dentellada seca y caliente” a nuestro siglo lleno de zombis, replicantes e iluminados. Un canto miserere por la muerte del pensamiento lineal. El apocalipsis de la gnosis y el exorcismo de un momento histórico endemoniado.

PLAGIO es un viaje por el contenido cognitivo de la generación del milenio a través de un personaje ilustrado, descreído e incorrecto, en estado de vigilia total. Duro de roer y de pelar. Con humor sarcástico y con la fuerza expresiva de un lenguaje de la calle (entre icónico y escatológico) y de Twitter (impactante, medido), nos habla de la modernidad construida sobre el lodazal de la historia. Nos habla de este mundo nuestro que oscila entre lo “vintage” o “retro” y el Antropoceno con su gran aceleración. Los planos de la historia personal, la cotidianidad, el discurso de la historia universal, el ruido planetario... Todo se entremezcla y entrecruza. Pero no se emborracha. Resulta, como en El jardín de las delicias, en una suerte de onirismo e hiperrealismo.

El autor ha elegido el formato diario para armar y ensamblar la historia en un collage de 100 pequeñas piezas. El protagonista es un gigantón lúcido e incómodo que le retransmite su cotidianidad a un público invisible. Se nos muestra como un hombre metódico, al que parece importante la hora del día y el lugar de la casa en el que escribe, como si se tratara de un juego de “cluedo” en el que la acción se desplegara dentro de la geografía doméstica. Sin embargo, es en la mente del protagonista (ácido, verborreico, cabreísta, sobreestimulado, como un Dr. House del aquí y ahora) donde se juega un totus revolutum de meta-fantasía y ultra-consciencia.

Mediante un lenguaje, como se ha dicho, fresco, de frase corta y estilo puntillista, asistimos a un rastreo y desenmascaramiento de la hipocresía social, a una catalogación exhaustiva de sus mutaciones. Como un barrido del mundo y, al mismo tiempo, una disección con escalpelo de un corte transversal. Imaginamos una mueca de cinismo en el narrador cuando verbaliza y traduce el presente, llevándonos a una suerte de existencialismo frenético y borroso, con una nómina de personajes que emergen por un instante de sus redes o perfiles sociales y nos muestran esa clase de vida frívola y neurotizada que se oculta tras los emoticonos.

La elección de una puntuación estilo pizzicato nos obliga a acelerar el ritmo de lectura y a romper la línea de razonamiento para entrar en un vértigo de fogonazos fílmicos y golpes de memoria. “La realidad es una huida petrificada”, leemos. Y se nos requiere comprender un pensamiento atlético y una conciencia hipersensibilizada por el bombardeo de estímulos. Los personajes del siglo veintiuno (desde Slavoj Žižek a Terrence Malick, desde los “hooligans” a los colgados, intelectuales, artistas, científicos, veganos, hípsters…) son convidados a un festival de monstruos, baile de máscaras, danza de malditos. El lector también es invitado a contemplar (y creo entender que ésta es la intencionalidad del autor), desde la arquitectura emocional de un protagonista sin identidad y políticamente incorrecto, cómo la vida, la cultura y el humanismo se desintegran en la cabeza de un descerebrado.

Entre los habitantes de sus páginas, tal vez Malick llevaría PLAGIO a su terreno: conflicto entre razón e instinto, dramático, experimental, cósmico. Quizás Camus diría que se trata de un nuevo existencialismo de la vorágine. Puede que Bukowsky se rascara los sobacos, Rilke compusiera una oda inefable y Kiéslowski, un documental metafísico. En todo caso, cualquier lector de hoy lo leerá, atrapado en el filo del presente (entre el vértigo de su propia incertidumbre y el vacío), como si cambiara de cabeza y no obstante sintiera con su propio corazón.