Cuando un libro me gusta, lo relleno de notas y glosas. Es mi forma de leer.
Notas sobre "CONJUNCIÓN
DE LAS AGUAS", de GOYA GUTIERREZ
Edic. Contrabando
Colección Marte
Valencia, 2025
76 páginas
Prólogo Neus Aguado
El agua se adapta a la
orografía del paisaje al igual que el alma se adapta al relieve de la vida. A
veces, agua y alma ahogan. A veces hacen que todo salte por los aires. Y a
veces es la vida la que se vuelve líquida como ambas. Agua y alma se asimilan
en fluidez y cambio, adaptabilidad y purificación. “El agua es generadora de
vida, purificadora y regenerativa”, dice Neus Aguado (agua es su nombre
también) en su magnífico prólogo. Goya Gutiérrez hace de la poesía el cauce
que apacigua el agua interna y el margen donde rezuman las palabras
de arcilla para modelar el conocimiento. La palabra poética, lo más cercano al
flujo anímico, asume sus propiedades. Como dijo Lao Tse: “Nada hay en el mundo
más blando y débil que el agua, pero nada la supera para vencer lo duro”. El
agua y alma, siempre en proceso de convertirse en algo distinto. Como también
la palabra.
Palabras que aquí
fluyen sueltas, liberadas de signos, pero encauzadas en un río de versos. Agua
interna que discurre serena y luego salta en chorro, habitada por peces de
lucidez y locura, ninfas de duda y certeza. Arrastrando los secretos del agua.
Agua que se remansa y
se congela dentro del corazón. O embiste su ola antigua de deseo. Se desagua,
cae al fondo. Se precipita. Se derrama. Agua bendita que bautiza y nombra, que
exorciza el miedo y envejece tranquila. A menudo pesan en el ánimo sus gotas,
pesan sobre tu espíritu como el tiempo sobre tus huesos. Agua hecha niebla que
se infiltra en tu memoria. Agua azul como tu sangre cuando te vuelves sirena,
tornasolada como tu plumaje cuanto te vuelves pájaro. Agua de mar que esconde
galeones hundidos, calaveras de ahogados.
Y, “A
contracorriente”, segunda parte del poemario, el agua inversa regresa a la
fuente, remonta desde el valle hacia el cielo. El agua se hace árbol en un
claro del bosque. Se hace gota de lluvia ácida. Acaricia el misterio que
encierra tu cuerpo y, en un remanso, encuentras agua clara para tus manos, tu
garganta, tu palabra. Somos agua, materia diluida fluyendo en la consciencia
como fluye la música en un verso. Cuando el invierno la enfría, surgen aves
oníricas transparentes, puntiagudas como estalactitas. Son las estatuas de
hielo en que se vuelve el tiempo recordado. Tras el frío y las heladas, el
calor evapora el presente y su memoria, la historia y sus actores. El agua es a
la vez el tsunami que arrasa todas tus moradas y el deseo que reflota todos tus
bosques. El agua siempre cuida del retoño y lo hace florecer, porque sin ella
no crecen los paraísos.
En el profundo lago
del inconsciente, solo cabe nadar hacia la ya impasible transparencia. De
la oscuridad hacia la luz.
Al llegar a la
tercera parte “Conjunción de las aguas”, la palabra se hace luz, como antaño el
verbo se hizo carne. La lluvia ha limpiado la palabra, que se vuelve esperanza
y gratitud por la vida exuberante. Como en los versos de Walt Withman: “…que
prosigue el poderoso drama, / y que puedes contribuir con un verso”.
Y salimos del río,
renovados, serenos, en el poema XI:
Conjuguemos
las aguas tamicemos sus hebras
Nombremos
las Palabras
en
las que aún creamos
pronunciemos un
conjuro poético
para
que el mundo sane
y
de las grietas brote el
líquido arbolado
del
hallazgo que nos restituye
de
nuestra casa interna
frente
a cualquier quebrantamiento
(Ángela Mallén. Vitoria-Gasteiz, 21
marzo 2026)
