jueves, 28 de enero de 2016

AMarAnTA, O TaL VEz TÁbATA



Tal vez fuera su nombre Sibila o Anastasia, o Dunia, o Amaranta; en todo caso un nombre novelesco. Era una mujer híbrida, lo que hoy se entendería como mezcla  photoshop de Irene Papas y Capucine. Vestía sencillo desmangado negro y calzaba bailarinas verde botella a juego con pañoleta. Nunca abandonó su enorme bolso que portaba al hombro con equilibrio de kore. Ella era la guía turística que nos condujo por el museo de la Acrópolis, por sus laderas translúcidas, al igual que la mismísima Atenea conduciría a su pueblo por la ciudad estado antes de la romanización. Las piedras cobraban vida con su verbo, las sombras filosóficas acudían a corporizarse, las korei sonreían más que nunca y las cariátides bailaban alzando los brazos por encima sus cabezas. Ella, Helena, Casandra, Cenobia… era la Grecia de piel deshidratada y memoria efervescente. Ella recompuso la historia para nosotros. Nos la mostró como si el tiempo fuera de cristal. Anastasia, tal vez Amaranta puede que fuera su nombre.
Está bien, sí, hoy voy a hablar de Grecia, pese a quien pese. A mediados de Diciembre estuve en Atenas, y cuando digo esta frase me cambia el tono emocional. Es como un aleteo dentro de la cabeza. Algo ligero y cálido. Y eso es el recuerdo de una experiencia que comenzó apenas en el aeropuerto de Eleftherios Venizelos (Ελευθέριος Βενιζέλος) al ver escrita la palabra Έξοδος (salida) y comprender como en una iluminación la riqueza, la belleza de las palabras primordiales, el sentido primero de la materia de la que está hecho nuestro entendimiento. El problema de los griegos no es de carencia, sino de abundancia. Dejaron de tener las prebendas pero nunca dejarán de poseer las claves (κλειδί).
Claves de una realidad que ya fuera meditada, premeditada quizás, intuida y guardada en las mágicas burbujas de las palabras. Los sabios peripatéticos pisaron con sus abarcas  aquellas mismas losas y leían las estrellas desde un punto donde ahora están las tabernas de Plaka, la Monastiraki con sus tiendas de souvenirs y la iglesia bizantina de Pantanassa, o el barrio de Anafiotika con sus casitas blancas y azules encaramadas a la Acrópolis. Ellos, los griegos atenienses insuflaron en las claves el sentido primigenio, la verdad que nos sustenta… Atleta, erótica, academia, histeria, zoología, idea, humor, morfina, museo, fósforo, ironía, metodología, tragedia, maratón, metáfora, pánico, economía, sarcasmo, música, hermético, cromático… Tantas κλειδί para Europa y luego para el mundo.
Sumirse en Europa, en su desfachatez, en su falta de memoria y de retentiva histórica, eso es lo que se hace cada día, lo que hacemos todos y cada uno de los ciudadanos europeos en cuanto caemos en este gran bote de mermelada para niños capitalistas. Europa, una señorona que ha olvidado a su abuela ancestral y la abandona a su decrepitud culpándola de vicios y ociosidad, de falta de austeridad (αυστηρότητα), de falta de sistema (σύστημα), de falta de disciplina (πειθαρχία). Ella, la que inventó la ética, la práctica, πρακτική, la dialéctica διαλεκτική, la terapia θεραπεία y la salida (Έξοδος).
Sí, la salida de esta paradoja (παράδοξο) de Europa, la jovencita que padece demencia senil, demencia geriátrica (Γηριατρικής,) demencia prematura y olvida sus orígenes arcaicos (αρχίζοντας) y abraza la elegante desfachatez dorada. Esa fórmula imperante que te hace vivir en dos piso: arriba estás tú llevando una existencia standard y abajo, en un sótano sin lámpara (λάμπα), sin aire (αέρας) estás tú también, como olvidándote, mal alimentada. Pasando penurias del espíritu. Flaca.

Grecia nos habló a través de una guía turística que se llamaba tal vez Tábata. Tal vez Ofelia. 

sábado, 9 de enero de 2016

LetRas paRa eL ArTe

Dos mil quince pasa a la historia. A la universal y a la particular. Tuvo momentos para todos nosotros: para la memoria, para la intimidad, para el aprendizaje. Quiero compartir con vosotros este recuerdo: Diálogo con Eva Lootz en el ARTIUM (Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo), con Caridad Jiménez. 




jueves, 3 de diciembre de 2015

CONTORNOS

Limitación y libertad. Interior-exterior. Ex ex. In in. 
La ciudad es un mapa de sombras, texturas, redes. La mirada se desliza por todos sus contornos. La voz acompaña a la mirada: El suelo y sus líneas. El cielo con sus cables. La torre, su larga sombra. El caminante y su tiempo interno...





CONTORNOS es una colaboración del arquitecto Sebastián Bayo Oñoro (imagen) y la escritora Ángela Mallén (textos). Se estrenó el pasado mes de mayo en el ámbito del III Festival de Poesía de Vitoria-Gasteiz.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Estrellas y barcos

La literatura sirve para para redefinir al héroe, para rediseñar objetos, para encontrar hermanos, para añadir planetas, para que se abran ojos, para encender las flores, para prolongar un sueño, para que las sirenas escuchen, para que las conciencias despierten, para que los niños se duerman...
cómo atar una estrella a un barco. ám
 

lunes, 12 de octubre de 2015

HaY uN PueBLo QuE FLota

Hay un pueblo que flota en nuestra conciencia. 

Hay un pueblo que flota en el mundo, en este planeta, en las autopistas, en las estaciones intermodales, en las esquinas de las ciudades junto a los anuncios de telefonía móvil, muy cerca de las nuevas catedrales en forma de banco y multinacional.
Hay un pueblo que flota en nuestra época.
La época en que los mendigos dicen la verdad aunque nadie en este mundo los vea, y los presidentes compiten por engañar a millones y millones de ciudadanos en los picos de share o cuota de audiencia.
Hay un pueblo que flota porque no encuentra tierra bajo sus pies.
Flota porque todos fueron ahuyentados como ratas. Fumigados. Descabezados.Flotan porque todos tienen miedo. Porque tienen hijos. Porque tienen hambre. Porque tienen fe. Porque tienen vergüenza. Porque tienen lágrimas. Porque tienen años. Porque tienen derecho. Porque tienen dignidad.Flotan porque no son ladrones. Porque no son carroñeros. Porque no son asesinos. Porque no son iluminados. Porque no son dioses de barro. Porque no son muñecos de trapo.

Hay un pueblo que flota en el corazón de quienes son como ellos. 
Y no saben mentir como los presidentes. Y no necesitan Olimpo como los dioses. Y no quieren matarse como depredadores.

Hay un pueblo que encalla en las fronteras. Que no encuentra alojamiento ni en las ciudades ni en los campos. Cogidos de la mano, con los hijos en brazos y los viejos a rastras. Con sus pañuelos, sus chándals, sus bolsas de plástico, sus mochilas mugrientas. Buscando un parque en Belgrado, en Malta o en Budapest; un tren en Bicske o en  Salzburgo; un papel en Munich o en Malmö.

Hay un pueblo que flota aunque tiene raíces.
Aunque no tiene alas. Desafía las leyes de la física, de la lógica, de la moral. Los mendigos muestran la verdad en sus ojos y los justos, en su corazón. Los presidentes esconden las soluciones en sus palacios, tras sus banderas, bajo sus llaves.

Hay un pueblo que flota en nuestra memoria. En nuestro historia. En nuestro conocimiento.


jueves, 10 de septiembre de 2015

TanGoS de AgoSTo


I

Mi vocecita con la que me enfado, me explico, me pongo romántica… dice que en cuanto salimos del país cambiamos de alma. Él conducía, puesto que yo pertenezco a la estirpe de los sin carnet. Nos habíamos llevado a Tom Waits, que nos cantaba el temario completo de “Rain dogs”. En aquella carretera todo el mundo tenía un camión, y yo miraba las nubes en forma de ratita Ratatouille y de lechón. Aquello era un película en 3D: las nubes flotaban, las colinas se desdoblaban, los arcenes se despegaban del paisaje y los insectos se suicidaban contra el parabrisas. Los árboles y letreros parecía que se iban a salir de la pantalla. El pensamiento se disparaba. Sin embargo el pensamiento hay que usarlo con discreción…
Llegamos a un lugar donde se escuchaba el tic-tac del reloj de la cocina y un cacareo a lo lejos sonaba como dentro de la cabeza No sonaba nada más.  Era el silencio del campo en el que las hojas de los árboles se balanceaban. Algún pequeño crujir, casi inaudible, de algún ente incorpóreo caminando sobre la tarima del salón. Eso era todo.
Y seguimos. En aquella otra carretera se alternaban los campos de cereales y los bosquecillos. Había algún que otro puesto de carretera con sombrilla roja donde ciertos coches se detenían para tomar refrescos o un poco de fruta. La mies estaba recogida en haces cilíndricos sobre los prados verdes donde asomaban la flor amarilla y la flor blanca.
Otra vez los pastos.
Los aspersores expulsando una curva de agua tornasolada. Las vacas rubias desnudas, sin su traje de vaca. Las nubes, ya sueltas como globos de helio, anunciando el sur. La línea de camiones, el moderno convoy que reposta las áreas comerciales. Y los unifamiliares rancheras, cabriolet… todos de color coche (gama de grises, blancos, rojos, azules metalizados).
En el viaje todos somos mortadelos transformers, camaleones de blandiblú, peones, cortesanas… Hasta que regresamos por el mismo camino. Mi vocecita de pez en la arena que se arrastra en busca del mar comenta que la vida es un mosquito tigre. Una fiera minúscula, psicodélica, tragicómica. Circular.
De nuevo en mi país oigo que alguien dice: “un abrazote guapetona”. Y siento una inexplicable comprensión gaseosa.  

II
Para Itziar

Ella conoce el sueño lúcido: vivir en la simultaneidad los planos de la realidad. Sus capas. La conciencia transversal. La gran transparencia. Percibir la vida como desde el interior de un vehículo en marcha y como en un pastel de milhojas translúcidas.

¿Cuántas capas? ¿Son muchas las capas? No sé. No me apetece contarlas. Algo así dijo, o lo pensó al menos. No fue así como lo dijo. Era agosto y el calor igualaba todos los agostos. Todos aquello meses que ahora parecían encadenados. Montados. Concatenados. Sin otros meses de por medio. Sólo agostos. ¿Sólo agostos? Tú alucinas. En la cabeza se juntan todos los calores. Todos los veranos. Todos los viajes de agosto recorriendo carreteras que son el mundo de los vehículos, el mundo alargado y estrecho por el que desplazan su existencia tripulada. La morfología, la estética, la dinámica de un interminable laberinto. Puentes, señales, líneas de asfalto. Siempre adelante. El mayor bien, la velocidad. La ley más implacable: la limitación. Siempre avanzando con el destino en la cabeza, en el GPS, en el corazón. Los árboles flanqueando y desapareciendo para siempre. Un segundo en la conciencia de alguien y quién sabe si después sumergirse en la insignificancia hasta que otra conciencia viajera los despierte. La efímera conciencia de las autovías. Su conciencia perceptiva de nube. Su monótona carencia de resistencia.

Publicación en "Agitadoras"


LA CÓLERA ANTIRRADICAL (de junio)

Esta mañana me he levantado con la cólera de Aguirre en la cabeza. Tú ya sabes a qué cólera me refiero. Esa cólera que Aguirre dibuja con una sonrisa de Joker de Gothman.  Una cólera redundante, furiosa, con saña, que se le reconcentra en la voz suavemente firme de ilustre señora condesa iracunda, desdeñada y abochornada. La cólera que le sale por los ojos como por dos negras tuberías de pvc. Tendrías que verla, alucinada y voraz, predicando apocalípticamente para convencernos de que su adversaria Manuela Carmena, que quiere “romper  el sistema democrático y occidental”, no llegue a la alcaldía de Madrid. Porque Manuela Carmena pretende acabar ella sola, tú imagínate, ella sola, acabar con la democracia occidental. Destrozar la democracia “desde el radicalismo”, desde su radicalidad jurista, de juez emérita. Destruir este país que ha sido edificado desde la Nobleza y desde la Grandeza. Destruirlo desde la radicalidad hiperbólica. Desde la radicalidad espantosa. Demoler una democracia tan linda, tan estupenda, tan monísima, tan primorosa, tan chévere, tan justa para la gente de bien que viste bien y no afea las calles cuando vienen turistas; tan divertida para las fiestas de cumpleaños con globos y las cenorras con langostinos; tan sencillita para desviar millones de euros a los paraísos fiscales quitándoselos a los enfermos que de todas formas se van a morir; tan apropiada para tantos periodistas majísimos que machacan, vilipendian y tergiversan a los radicales; tan comprensiva con tantos compañeros que (¡quién lo iba a sospechar!) malversan, defraudan, prevarican, manipulan con premeditación y miente con desparpajo; tan majísima para los jóvenes que sólo podrán desarrollar su proyecto vital en el extranjero; tan chula para los parados de eterna duración que subsisten humillados y confusos.  Destruir semejante monada de democracia desde la apestosa radicalidad de una mujer que ni siquiera tiene asesores corruptos con quienes pactar cositas interesantes. Una mujer que sin apenas ir a la peluquería quiere arruinar la democracia de este país de arruinados feos, antiestéticos y chillones que tanto molestan, aunque “son poquísimos”, cuando vienen a agitarlos los radicales “pagados pa meter follón”.

¿Tú te acuerdas de cuando Enrique Tierno Galván decía que “radicalizarse es perder el miedo” porque es volver a la raíz. Y tampoco vendría mal recordar unas palabras de Adela Cortina "Gracias a los inconformistas (del mundo filosófico y de la vida cotidiana), a los que no se resignan con el derecho vigente, la política meramente pragmática y la religión domesticada, los que siguen empeñados en la idea de que debe ser de otro modo, porque nuestro mundo práctico no tiene -ni en el Este ni en el Oeste- altura humana. Gracias a ellos sabemos que sigue existiendo una aspiración en el hombre, llamada moral". O también estas otras de José Luis López Aranguren: ¿Qué tienen que ver con la sociedad civil los nuevos movimientos sociales alternativos, los jóvenes -y maduros- en paro, los marginados de toda especie, las minorías más o menos étnicas y, con frecuencia, nacionalismos, etcétera? Sólo por ingenuidad o por voluntad de confusión puede suponerse incluido el conjunto de la sociedad en el grupo privilegiado de quienes detentan unos nuevos poderes fácticos, sociales, sí, pero que se sustraen a toda responsabilidad social”. Y no olvidemos tampoco, por favor, la razón poética de María Zambrano, su voluntad de unir el pensamiento, la emoción y la vida…

Quizás haya llegado la hora de volver a los viejos maestros para desenmascarar a las viejas glorias defensoras de “nuestro sistema constitucional de democracia occidental”, un sistema viciado y vaciado de todo el contenido que le otorgaron los verdaderos socialdemócratas españoles y europeos. Quizás no haya otro camino que “radicalizarse” a lo Tierno Galván. Pese a la cólera de Aguirre.


Tú dirás, qué me está contando esta mujer.  Pues eso.

Publicación en "Agitadoras"

lunes, 25 de mayo de 2015

LetRas pAra Las ArtEs

Día 26 de mayo 2015, 19.30 h.
ARTIUM - Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo, Vitoria-Gasteiz
Diálogo con la obra: "Ella vive en el traje que se está haciendo", de Eva Lootz
Nos acompaña la profesora y artista de euritmia Caridad Jiménez.
(La euritmia es una forma de meditación dinámica occidental basada en lo arquetípico del sonido).

 

 


       
 


viernes, 22 de mayo de 2015

cOntOrnOs...

...sucedió la tarde del miércoles 20 en la Sala Dendaraba. La lluvia no disuadió al público. La imagen y la palabra exploraron las líneas, los rincones, las siluetas, las sombras. La colaboración con Sebastián Bayo y Magoo, un lujo. El trabajo tuvo sentido. Gracias.



sábado, 16 de mayo de 2015

El VieRnEs de JuLiA

El viernes día 8 fue de Julia Otxoa. Me gustó mucho presentarla en Vitoria, en el ámbito del festival "Poetas en Mayo", porque muchos de mis conciudadanos y amigos pudieron disfrutar de su poesía y de su personalidad. Considero una suerte cuando puedo ser parte de las buenas cosas de la vida.
 
Transcribo a continuación una parte de dicha presentación:
 
"Julia Otxoa es austera y lírica como la meditación de un monje ante un amanecer rojo. La obra de Julia Otxoa es luminosa, necesaria, como el fósforo que se enciende en una cueva. Toda su obra tiene que ver con la luz.  Una luz que proviene de una fuente de lucidez. Julia Otxoa tiene la perplejidad de una niña sabia y la extrañeza que embarga al viajero. Vivir es caminar en lo distinto, dice ella, porque elige la orilla, el margen para ser y escribir.  Por eso defiende la precariedad para desplegar su expresividad concisa y poderosa. Escribe: Permanecer en la inquietud, permanecer en la inquietud...  Apaciento mi sombra en los lugares más inseguros del pensamiento. Oigo crecer mi osamenta cada día, mi infancia no ha terminado… Escribe: El desasosiego de ver crecer el desierto, /hace temblar en agosto el corazón de los manzanos.  Inquietud y desarraigo, crecimiento y desasosiego. Y es que un mundo mirado con extrañeza hace que el lugar común se vuelva un lugar para ti.  Julia Otxoa lo sabe. Y por eso busca la cuerda floja, el riesgo de la frescura, busca las pequeñas huellas de los insectos, la percepción intima de los tiempos. Sabe que los microcosmos son inestables y nos comunica el deleite de presenciarlos, el deber de cuidarlos, la modestia de saberse, como todos, transeúnte.
Por todo ello, la obra de Julia Otxoa es sutilmente iconoclasta, tiernamente irónica, modestamente digna. Una luz lenta que ilumina el inquietante fatalismo del azar, la batalla contra la soberbia de la injustica, el tiempo del caminante o el vuelo de la libélula. Una luz que se adentra en la niebla donde se extravían los barcos. Esa luz es un faro que guía un barco de papel. No es la estrella Polar que se queda quieta en un punto del cielo, sino la luz inquieta que va en busca de los náufragos."
 
J.Otxoa
J.Otxoa, A.Mallén
Fragilidad de la ortodoxia. J.Otxoa
 
Azar. J.Otxoa
 






domingo, 10 de mayo de 2015

en La ciUdaD blAnca

Doce torres para una ciudad blanca. Doce
torres para una ciudad blanca bajo el sol,
de sábana enjuagada con añil,
de colcha de arabescos y caliza.
 
Desde lo alto de las torres
(góticas, mudéjares, barrocas)
éramos nosotros dos mosquitos en la ola de calor.
Yo era el insecto más pequeño. Aún no dominaba
mis élitros, mi hálito,
mínimo de larva,
mi impulso para alzar
un cuerpo microscópico...
 
De "Cuentos diferentes para niños diferentes"
 
 
 

sábado, 11 de abril de 2015

ReEdición "Bolas de Papel de Plata"


"Bolas de Papel de Plata" alcanza su reedición. O reencarnación. Me impresiona que tantas personas desconocidas hayan leído estos cuentos salidos de mi cabeza. Ahora están también en las suyas. Eso crea una especie de parentesco. Doy las gracias de corazón, a tod@s. También a mi editor y a la distribuidora.
 

 
 
 

miércoles, 1 de abril de 2015

PlAzAs

 
Si una plaza me canta, puedo bailar.
Si toca el violoncelo, puedo volar.
Si calla, guardo silencio.
En cada plaza nace una emoción
y siempre me convierto en una paloma.
 
La plaza borra los caminos que te traen
e inventa un laberinto para que te pierdas.
 
Cada plaza vive a su manera.
La piazza Roma ondula su fontana exhuberante.
La praça de Lisboa viaja en sus tranvías amarillos.
La de Budjejovice es rubia como la cerveza.
Cuando la plaza es un placer,
se esconde entre los muslos de París.
 
Tal vez encuentres la plazuela
que alguien olvidó en la noche.
En el fondo del mar donde te ahogaste
hallarás la glorieta que creías perdida.  
 
Hay plazas que alambican la eternidad del cielo,
otras donde los hombres perdieron una guerra,
plazas con campanarios que padecen de vértigo.
 
No juzgues si te cierran todas sus ventanas,
si rebosan sus muros de lluvias y de orín,
si repican o doblan sus campanas de bronce.
Las plazas necesitan a su caminante.
 
Y si la plaza gira
y gira,
como los carruseles de Avignon,
debes mirar al cielo, girar dentro de ella,
y bailar con la plaza la música de tu presente.
 

domingo, 29 de marzo de 2015

En la ciudad babilónica

La vida nos ha reunido, a Maite y a mí, de nuevo. Y nosotras hemos hecho posible, de nuevo, la amistad. Por eso hemos juntado nuestros trabajos: su cuadro y mi poema. Y eso nos hace conscientes de cuánto significa la mirada amiga. Cuánto contiene. Cuánto comparte.
Entrad a ver nuestra preciosa criatura:  
Espacio LUKE


viernes, 20 de marzo de 2015

El hombre del saco


El hombre del saco (fragmento de Los caminos a Karyukai)

Los hechos son sonoros, pero entre los hechos
hay un susurro.  Y ese susurro
es lo que me impresiona.
Clarice Lispector

Me aventuré a bajar a esta ciudad quieta donde percibo el peligro incitante de las cárceles abiertas y de los versos de Paul Celan.  El sol no ha salido ni una vez siquiera en todo este día inseparable del cielo nublado. Una lluvia aceitosa abrillanta las calles vacías y unta de sebo el ánimo.  Ante la escalerilla neoclásica de la estación se extiende una explanada de primorosos jardines nutridos de fosfatos y de nitratos. Debo caminar muchos metros bajo un manto inclemente de lluvia hasta alcanzar la primera marquesina,  muy barroca,  de un hotelito con portero uniformado.  Sobre mi cabeza flota alguien que soy yo, sigue mis pasos, me observa.  Si no fuera porque no veo una fuente angelical de luz, diría que me he muerto.

Por el centro de la calle se acerca un tranvía decorado con frutas exóticas y eslóganes publicitarios:  Silhouette, Gerne Brille tragen.  Arrastra un sonido que parece un ulular. De improviso embrida y, entre chirridos y chispas, nace un hombre.  El hombre brota de la lluvia. Veo salir su flaca pierna y su anguloso rostro de ojos empañados que parecen no mirar, o no pretender ver, o no creerse lo turbio que ve.  Si digo que sale,  es porque sale: de lo obscuro a la precaria claridad.  Emerge de la borrasca, con un pitillo mojado entre los labios, y murmurando algo en el idioma alemán.   A mí no se dirige, ni me percibe.  O mi rastro no es el que sigue, o soy  etérea.  Sobre el lienzo gris del cielo boreal, se van pintando sus rasgos en un óleo tenebrista que no aclarará hasta los meses primaverales de bonanza y de luz. Embriagado, tambaleante y lloroso. ¡Qué imagen fijada en la desolación! Me acerco a él como a una paloma herida.  No lo arrullo por no ahuyentarlo,  pero me corporizo y lo salvo cortésmente:

_ Kommen Sie! Die Straßenbahn hätte Sie fast überfahren.

Las palabras te llevan a las presas, nunca fallan.  La vida se llena de indicios a seguir si detectas palabras.   Soy galgo viejo, Isadora. Todo comienza por la pituitaria y fluye como un compuesto hormonal, bien áspero como la piel del cinabrio, o bien dulce como la papaya. Este caso es la excepción: tengo que explicar a un hombre que surge de la calle nublada, sin presentimiento, ni indicio previo, ni palabra que desentrañar. Se presenta el pobre hombre inodoro e innombrable.

A tientas sí es posible descifrar. Los ciegos hablan de volúmenes y de sensaciones minimalistas. Los sordos también conocen música gráfica e iconos sonoros,  aprenden a extraer palabras del aire como los magos sacan los naipes. Pero sin olfato, todo se tambalea.  Vives sin preludios, sumiéndote, rehuyendo, perdida en un laberinto coloro, sabroso y caído del cielo. Lo mismo que este pobre hombre en el que embarranco y para cuya definición no dejó huella que olisquear. No dispongo de las palabras. No están terminadas o no fueron empezadas.  Nadie las deseó ni las encargó, ¿quién iba a querer emplearlas,  ni para quién iban a ser? Palabras sin husmo, mal negocio. Atar cabos, conectar cables sueltos, machihembrar. De algún modo tendré que componer la crónica del hombre mórbido y  solo, visto y no visto.

_ Stützen Sie sich auf meine Schulter.
 
Nadie más se acerca, nadie penetra en el círculo de la compasión.  Se deslizan por las líneas adyacentes. Las monjitas nos enseñaban a ser misericordiosas. No magnánimas, sino misericordiosas. Señoritas caritativas y luego señoronas caritativas.  Atentas al necesitado, a ver quién lo socorría antes, quién hacía más el bien, quién se ganaba la canastilla. Pero yo me comprometo porque llevo en mi bolso un billete de tren. Mi coartada perfecta. Mi gran escapada. Lo acerco renqueando y tambaleándonos hasta el bar de la estación, que está a pocos metros. Desando lo andado, regreso a la madriguera.  Acompañar al desvalido a una mesa de bar se parece a ser madre. Dilatas. El desvalido busca tu vientre. Puede que se alimente de tu placenta. Y siempre te hablará de ella

Su ella tiene nombre de walkiria.  Reingard se llama, al igual que las hadas germánicas de cuerpos como armarios, aún cuando por la cintura parece que Reingard se cimbrea como los juncos meridionales. Le oigo pronunciar su nombre como quien alcanza a saciar su sed.  Se lo lleva muchas veces a la boca enjugándose los labios:

_Reingard es tan estúpida que no entiende nada de nada, ¿sabe usted? La inmadura de Reingard ya escarmentará.  Reingard no sabe elegir a su hombre. No tiene idea de eso. No voy a contestar a la llamada de esa loca de Reingard…  Ahora dice que a Italia, un sitio como otro.  Primero a Italia y luego adónde,  con  Pietro, que no es mejor que otro.  Míreme,  ¿soy yo mejor?  Nadie es mejor.  Reingard puede irse con quién quiera a donde le dé la gana. Ya puede irse Reingard a presumir a otra parte. Conmigo que no cuente. Tres años son por lo menos dos mil días. En todos me pedía algo. Dos mil cositas para Reingard,  que si esto que si aquello.  Reingard ya estará hablando en italiano. A ella qué más le da: italiano o mandarino o Plattdeutsch. Se pone a hablar y nadie sabe que nació en Pekín. Lejos, ¿eh? No está mal. Pues de allí viene la maldita, de exportación. Se la trajo su madre de pequeña. Ella dice que no se acuerda, pero bien que habla con los chinos y bien que conserva la piel de china. Por la noche tenía los dedos brillantes la primera vez que la toqué. Su madre se llama igual, pero yo a esa no quería ni verla. Ella a mí menos. Querría un samurai para su muñequita. ¡Que se la lleven los demonios de la China!. Yo a Reingard la llamaba mi Gar, mi “gar nichts”. La tomaba entre los brazos y se me quedaba en “gar nichts”, en un “lychee”. Se me venía como un gato,  y era más lista que el hambre. ¡Sabe Dios por dónde anda!, no sé ni si estará en Florencia. Yo fui a Florencia con todos los del Departamento, hace cinco años, o cuatro. Hasta los médicos se apuntaron, y unos cuantos pacientes, los más potables. A los pacientes los enfermeros los llamamos clientes, porque siempre hay que darles la razón. Todos estuvimos por Florencia bebiendo Amaretto y viendo iglesias. Por allí andará mi Gar. Pietro le dirá Rigardina, o Reinnetta. A lo mejor a ella le gusta que la vuelvan a bautizar. A lo mejor se hartó de que yo la llamara Gar, aunque bien que se reía, como todos los chinos. Yo creyendo que toda la gracia era mía y lo mismo se estaba riendo igual que siempre. Ya estará otra vez dando sus clasecitas. Ella dice que no le gusta vivir de nadie, que se arregla sola. Pues andando. Cuando llegaba reventada de las clases me decía: “dame un masajito”. Eso también sería  la influencia oriental, ni lo había pensado. Y yo me ponía hasta contento, lo que es la costumbre. Me decía: “parece que estás haciendo un Strudel, ji, ji, ji”. Su risita que enseguida me hacía efecto. Y nos poníamos a jugar mi Gar y yo como dos pequineses. Sabe Dios qué se le habrá  perdido en Florencia, a mi Reingad… 

­- Reingard es nombre de walkiria.  _Se lo digo para robarle el nombre de la boca. ¿Reingard estará ya reconstituida y musculosa?  ¿Su cimbreo se habrá vuelto pavoneo? Los hombres altos son los más abatidos.  Parecen de trapo cuando sufren y adelgazan.  Dan ganas de sustentarlos y apuntalarlos.  Es de buen samaritano servirles de articulación y de consuelo.  Tomo su mano izquierda entre las dos mías.  A él sólo puede curarle una geisha la complacencia perdida.  Mi sonrisa es tan sedante como un frufrú, perdura más tiempo que una dinastía.  

_ Me voy. Aquí ya no se me ha perdido nada.  _Le está diciendo a la pared el pobre enfermero con la única sonrisa que tiene.  Sus ojos  pasan en un vehículo por un puente eléctrico de cobre. Se le forman unas arruguitas en las comisuras de la boca, donde guarda besos muertos y mariposas asfixiadas.  -He repartido las cosas de estos tres años,  ¿para qué las quiero? Los muebles se los llevaron los del ayuntamiento y los libros se los he dado a los clientes. De todas formas sólo me los leía por darle a ella conversación. De los cedés no me gustaba ni uno, tanto violín. Me llevo este saco de plástico con un tubo de su pasta dentífrica. Mi Gar nicht se cepillaba los dientes cuatro o cinco veces al día, y luego se limpiaba con hilo de seda los dientes pequeños separaditos. Esta pasta de dientes es la suya. Huele a como ella se reía… 

No deja de perorar el hombre del saco.  Ahora le compro un billete de lejanías.  Puede que el ticket le devuelva la sobriedad o puede que haga de él un efecto chinesco.    En todo caso permaneceré a su lado hasta que se lo lleve dentro el tren que circula entre la esperanza y el miedo. ¿Qué otra cosa se puede hacer?  Es noche cerrada.   Todavía sigue farfullando el hombre, pero ya no le acuden palabras para revelar la imagen de su desdicha ni para describir los ojos de Reingard, que son grises como un agua helada en cuyo seno se conservan bacterias que dan la vida y bla, bla, bla. Yo le he supurado esas palabras. Yo, que seré en su memoria un ángel de borrachera,  un desenlace cuya cara nunca se ha visto.  De haber querido, podría haber sido su demonio. Dejárselo al tranvía, que despertara de los vahídos, que se confrontara con la ridícula relatividad de su pérdida. La china se le fue a Florencia. A Florencia,  un sitio concreto e incluso hermoso. El hombre plañidero no ha tenido que desplazarse al tanatorio.  No ha tenido que mirarle la jeta a la eternidad.

Este bar guarda cierta semejanza con las cantinas de los puertos, con los tangos y con los tugurios de Montparnasse. Hay mucho hombre y alguna mujer pintarrajeada. Por encima de los medios visillos ahumados puedo ojear el reloj de la estación. Parece que las ventanas lleven gafas de leer.  Acaban de dar las doce. ¡Pues no hace ya tiempo que la noche ha caído!  Ahí llega mi tren. Es un expreso de los que me gustan, de los que cantan y se mecen como un barco de nombre extranjero: el Eilzug nach Freiburg. Todo lo que me va a quedar del enfermero borracho, incluso la parte minuciosa de su Reingard, cabe en este boceto de candilejas.


sábado, 28 de febrero de 2015

Lirios de agua

La palabra no es de nadie y es de todos. Nos llena y nos vacía. Nos une y nos individualiza. Cada palabra contiene un pasado, construye un puente e inventa un porvenir. La palabra conserva potencia bélica y poderes curativos. Roza nuestros labios, conoce el camino a nuestro corazón. No arrojemos las palabras como proyectiles, juntémoslas como pedacitos de espejo que reflejan los mundos. La palabra nos hace crecer delicadamente, como crecen los lirios de agua. 

Diego Rivera