Edit.
Ars Poetica
Oviedo,
2025
64 páginas.
Mientras leía SENDAS DE INVIERNO, de Fulgencio Martínez, imaginaba la figura de un poeta sentado sobre una piedra en la otra cara del Moncayo, leyéndole sus versos a la otra cara de la luna. Versos de viento cierzo que hacen bailar a los chopos y hacen temblar a los huesos. El misterio de los lados ocultos. El evocador camino viejo del tren. Versos grises y blancos, como el vaho donde se escriben las palabras del alma. Desde el Moncayo el cierzo / mueve estas páginas (pág. 32)
SENDAS DE INVIERNO
es el título -Exposición temporal 3 (2022-2023)-, un tiempo marcado, etiquetado
probablemente sobre cuadernos meticulosos. Así me lo imagino. El poeta trazando
en su cuaderno un camino que parece reseco, ventoso y olvidado, pero que, al
igual que en el “Poema Sobre la Naturaleza” que nos dejó escrito Parménides,
las Helíades escoltan y conducen al lector hacia los hilos de la luz. El mismo
rumbo que seguían los viejos alquimistas hacia el albedo. El mismo camino
que abre en la tiniebla la brillante luz de la consciencia. El camino que va
del monte al llano y del invierno a la primavera. Van volando y rozando mi
rostro / y mi espalda mariposas de nieve. / Apenas distintas de los hilos del
sol… (pág. 30)
Por el camino, el
lector se va encontrando referencias, homenajes y citas que se iluminan como en
la carretera lo hacen las señales cuando las barren los faros: Quevedo,
Cervantes, Unamuno, José Hierro, Calderón, T. S. Eliot… Y, envolviéndolo todo y
resguardándolo, una capa metaliteraría a modo de glosa intertextual: la
conversación del poeta con la gran voz de Dionisia García. Como buen poeta
-dice en el prólogo Dionisia García-, escribe de la vida, del pasado y del
presente, porque somos un todo. Y ella siempre se halla en este poemario, lo
mismo que el faro, al igual que el cierzo. Porque ella es el viento y la luz.
El poeta se
vuelve niño que nunca da la espalda, que abraza con los ojos del asombro, que
mira el agua helada saltando en el torrente, y luego el agua ancha meciéndose en
el río del llano; que mira el crudo invierno mutar en primavera.
El poemario
presenta tres partes, como un organismo vivo: 1. La noche a mi puerta.
2. Poemas para despedir a Europa. 3. Terrain Vague. Diríase que son
tres maneras de ordenar un material anímico, experiencial, incluso
comportamental, distribuido equitativamente entre dichas partes.
El poeta, en Serenidad,
contempla meditativo el tránsito fugaz de la vida, como también lo hizo Dámaso
Alonso asomado a “Un río al que llamaban Carlos”. Lo que tomamos y dejamos
pronto / es leve sombra que pasa en el aire / leve, nada más. Ruega, si hay
dioses, / que ellos tengan memoria de nosotros… (pág. 35)
No obstante, la palabra
poética repara, resarce y reverdece como la primavera: He visto campos de
labor, cubiertos / de amapolas y cardenillo, / y he visto esos campos de
descombrarse / con una palabra que los renueva. (pág. 49)
El ciclo de la
vida encuentra su efímero esplendor a base de ímpetu y de luz. “Vive, vive”,
repite el cierzo amable / buscando en el pecho de los humanos / abrirse un
gracioso mar para sus ríos. (pág. 52)
Transitoriedad.
Fugacidad. Meros instantes deciden la vida (pág. 34). El poeta sabe que,
al fin y a la postre, tanto el Logos dialéctico de Heráclito como el Ser “inmutable”
de Parménides, descienden por ese río: formas y palabras / borradas en el
tiempo que transcurre… (pág. 60) …el río mueve vida y muerte (pág.
64)
El poeta siente
turbación ante la fuerza surreal del mundo: Balancea por mayo mi casa el
cierzo. / Mi alma inquieta más que una moneda/ pasa de una hora a otra con
espanto, / seguida de ortigas. Mi alma, esa flor/ de mayo, ¿quién la
sosegará?... Mi anzuelo de peces caídos del fondo, / el mundo al revés en la
pupila… / mi alma, esa flor / de mayo, ¿quién la recogerá? (pág. 54)
Pero el poeta
siente también gratitud (…gracias al sol de algunos pocos días) (pág.
31). Siente esperanza, porque el poeta sabe que, en el lado oculto de la luna,
otro poeta lector desentraña sus palabras: Donde quiera que estés, / como
quiera que te llames, / sabe que, por un momento, / compartimos tú y yo / el
mismo universo / simultáneo y cíclico… (pág. 33)
El cierzo
continúa barriendo la hojarasca del Moncayo, ulula fuerte y seco por los
caminos que buscan la luz. Mientras, el poeta sigue cantando junto al río por
donde descienden el Logos y el Ser.
“Vive,
vive”, repite el cierzo amable
buscando
en el pecho de los humanos
abrirse
un gracioso mar para sus ríos.
“Vive,
vive”, pulsa esa palabra los huesos
hechos
ya astillas, tensa las flojas
cuerdas
hacia adelante,
aleja
la pereza, y la humareda ciega
de
la noche emprende su tornaviaje
y
ocupa su lugar la luz milagrosa. (pag.52/53)
(Una lectura de Ángela Mallén, 17 de marzo 2026)
