sábado, 21 de marzo de 2026

SENDAS DE INVIERNO, Fulgencio Martínez


Edit. Ars Poetica

Oviedo, 2025

64 páginas.

 


Mientras leía SENDAS DE INVIERNO, de Fulgencio Martínez, imaginaba la figura de un poeta sentado sobre una piedra en la otra cara del Moncayo, leyéndole sus versos a la otra cara de la luna. Versos de viento cierzo que hacen bailar a los chopos y hacen temblar a los huesos. El misterio de los lados ocultos. El evocador camino viejo del tren. Versos grises y blancos, como el vaho donde se escriben las palabras del alma. Desde el Moncayo el cierzo / mueve estas páginas (pág. 32)


SENDAS DE INVIERNO es el título -Exposición temporal 3 (2022-2023)-, un tiempo marcado, etiquetado probablemente sobre cuadernos meticulosos. Así me lo imagino. El poeta trazando en su cuaderno un camino que parece reseco, ventoso y olvidado, pero que, al igual que en el “Poema Sobre la Naturaleza” que nos dejó escrito Parménides, las Helíades escoltan y conducen al lector hacia los hilos de la luz. El mismo rumbo que seguían los viejos alquimistas hacia el albedo. El mismo camino que abre en la tiniebla la brillante luz de la consciencia. El camino que va del monte al llano y del invierno a la primavera. Van volando y rozando mi rostro / y mi espalda mariposas de nieve. / Apenas distintas de los hilos del sol… (pág. 30)

 

Por el camino, el lector se va encontrando referencias, homenajes y citas que se iluminan como en la carretera lo hacen las señales cuando las barren los faros: Quevedo, Cervantes, Unamuno, José Hierro, Calderón, T. S. Eliot… Y, envolviéndolo todo y resguardándolo, una capa metaliteraría a modo de glosa intertextual: la conversación del poeta con la gran voz de Dionisia García. Como buen poeta -dice en el prólogo Dionisia García-, escribe de la vida, del pasado y del presente, porque somos un todo. Y ella siempre se halla en este poemario, lo mismo que el faro, al igual que el cierzo. Porque ella es el viento y la luz.

 

El poeta se vuelve niño que nunca da la espalda, que abraza con los ojos del asombro, que mira el agua helada saltando en el torrente, y luego el agua ancha meciéndose en el río del llano; que mira el crudo invierno mutar en primavera.

 

El poemario presenta tres partes, como un organismo vivo: 1. La noche a mi puerta. 2. Poemas para despedir a Europa. 3. Terrain Vague. Diríase que son tres maneras de ordenar un material anímico, experiencial, incluso comportamental, distribuido equitativamente entre dichas partes.

 

El poeta, en Serenidad, contempla meditativo el tránsito fugaz de la vida, como también lo hizo Dámaso Alonso asomado a “Un río al que llamaban Carlos”. Lo que tomamos y dejamos pronto / es leve sombra que pasa en el aire / leve, nada más. Ruega, si hay dioses, / que ellos tengan memoria de nosotros… (pág. 35)

 

No obstante, la palabra poética repara, resarce y reverdece como la primavera: He visto campos de labor, cubiertos / de amapolas y cardenillo, / y he visto esos campos de descombrarse / con una palabra que los renueva. (pág. 49)

 

El ciclo de la vida encuentra su efímero esplendor a base de ímpetu y de luz. “Vive, vive”, repite el cierzo amable / buscando en el pecho de los humanos / abrirse un gracioso mar para sus ríos. (pág. 52)

 

Transitoriedad. Fugacidad. Meros instantes deciden la vida (pág. 34). El poeta sabe que, al fin y a la postre, tanto el Logos dialéctico de Heráclito como el Ser “inmutable” de Parménides, descienden por ese río: formas y palabras / borradas en el tiempo que transcurre… (pág. 60) …el río mueve vida y muerte (pág. 64)

 

El poeta siente turbación ante la fuerza surreal del mundo: Balancea por mayo mi casa el cierzo. / Mi alma inquieta más que una moneda/ pasa de una hora a otra con espanto, / seguida de ortigas. Mi alma, esa flor/ de mayo, ¿quién la sosegará?... Mi anzuelo de peces caídos del fondo, / el mundo al revés en la pupila… / mi alma, esa flor / de mayo, ¿quién la recogerá? (pág. 54)

 

Pero el poeta siente también gratitud (…gracias al sol de algunos pocos días) (pág. 31). Siente esperanza, porque el poeta sabe que, en el lado oculto de la luna, otro poeta lector desentraña sus palabras: Donde quiera que estés, / como quiera que te llames, / sabe que, por un momento, / compartimos tú y yo / el mismo universo / simultáneo y cíclico… (pág. 33)

 

El cierzo continúa barriendo la hojarasca del Moncayo, ulula fuerte y seco por los caminos que buscan la luz. Mientras, el poeta sigue cantando junto al río por donde descienden el Logos y el Ser.

 

“Vive, vive”, repite el cierzo amable

buscando en el pecho de los humanos

abrirse un gracioso mar para sus ríos.

“Vive, vive”, pulsa esa palabra los huesos

hechos ya astillas, tensa las flojas

cuerdas hacia adelante,

aleja la pereza, y la humareda ciega

de la noche emprende su tornaviaje

y ocupa su lugar la luz milagrosa.  (pag.52/53)

 

 

(Una lectura de Ángela Mallén, 17 de marzo 2026)