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 Les ballets Trockadero de Montecarlo

                                                                                 
Todos buscamos un hábitat rico en nutrientes y poderoso en estímulos, un espacio de crecimiento personal. Todos buscamos  a los compañeros junto a los cuales desarrollar nuestras habilidades y alcanzar objetivos vitales.

Agradezco a muchas personas la compañía, la complicidad y la enseñanza. Sin ellos mi conciencia sería otra, sin duda mucho más pobre. La vida sigue. Nadie sabe por qué derroteros. En la vida nos encontramos. El azar, la necesidad y la sensibilidad se cruzan y confraternizan. Nunca se restan.  Y como no podía ser de otra manera, los colores, en sus matices infinitos, se definen en cada uno de nosotros.


Mi opinión sobre autores 








El tiempo de la vida. (para Roberto Lastre)


“Si es un siete: El sucio  o  fatídico.
Si es un ocho: Octavio el zapatero o Chochín.
Si es un nueve: Nuevitas, puerto de mar o Nubarrón.
 Si es el uno: Único, como buen cubano o El lunar de Lola….”
Roberto Lastre

La Tierra
La Tierra baila en el cosmos su coreografía, mientras bullen los continentes en su superficie y millones de calles se entrecruzan en miles y miles de ciudades. Todo lo conocido y lo desconocido ocupa un tiempo coetáneo y se extiende en un espacio compartido. Pero esta vez, todo se comprime y se cuela a través de un rayo de ruído.

La isla 
Una isla es una porción de tierra rodeada de mar por todas partes. Pero esta vez, la isla es un microcosmos rodeado de nostalgia. Hay islas que nadan en el océano y otras que flotan en el recuerdo.  La isla de “El tiempo de la vida” está situada en el exilio y habitada por un náufrago llamado Juan.

El mar Caribe
La novela está escrita alrededor de un hombre aislado. Una novela transparente como el agua, profunda como la zona abisal, risueña como el mar Caribe.

El contenido
Juan, fugitivo de la dictadura de Castro, se refugia en un escondrijo de la Habana. Dentro de su caparazón, renuncia al porvenir para rumiar lo existencial. Esa es la postura que aparenta desidia, pero esconde una conciencia en ebullición.
La rememoración de un mundo perdido y la interpretación distante del presente, le imprime un carácter minucioso, puntillista y crítico al relato. Se utiliza la técnica de la retransmisión, pero lo expresado es una evocación, de ahí su resonancia melancólica.

La mirada
Toda lectura es la propuesta de un viaje a un lugar, la invitación a una aventura, a un desarrollo, a una transformación. Leer el libro de Roberto Lastre no es ir, es quedarse clavado en un espacio asfixiante, espiando por un resquicio. No ves sino un punto de un acontecer, una muestra de la transformación; pero percibes el tiempo, la historia, el ciclo. Estás dentro de un juego inductivo. La lectura te muestra las baldosas de una calle de La Habana, un fragmento de viandante, un haz de luz caribeña; te deja oir el fragor de un patio de vecinos. Pero te hace sobrevolar una época, una polis, una épica. Leer el libro de Roberto Lastre es experienciar el cansancio de un hombre que no se mueve, el vértigo de un tiempo vacío, el miedo de un náufrago que nunca salió a navegar.  Es un viaje por el espacio robado a los otros, atesorado en el ánimo.  Una aventura mental y emocional, fría y caliente. 




2013. Un poeta ante la guerra. (para José I. Besga  Zuazola)

¿Qué puede hacer un poeta ante la guerra si no es escribir un alegato contra ella?

José Ignacio Besga conoce bien la historia de nuestra ciudad. Respeta los tiempos de nuestra ciudad. Escribe. Actúa. Se implica. Si no me descuento, éste es su tercer libro dedicado a temas sociales o solidarios.

Me sorprende el nombre de este libro: 2013. Como aquella película de Stanley Kubrick: 2001, cuyo nombre guardaba dentro una Odisea en el Espacio. También este libro lleva el nombre de un año que guarda dentro dos siglos.

Mi amigo el poeta escribe en el año 2013 un poema épico para la Batalla de Vitoria, que tuvo lugar en el año de 1.813. Es un poema épico antibélico. En él no resuenan 193 disparos de cañón, como en la sinfonía guerrera de Beethoven. Una gran sombra de temor y destrucción se extiende a lo largo todo el poemario mientras escuchamos, no los disparos, sino las voces de los soldados, de los ciudadanos, de las madres...

Está escrito en clave interrogativa-dubitativa. El autor se cuestiona: ¿Cuánto dura una batalla? ¿Qué hace que los hombres se conviertan en fieras? ¿Quién diseña el concepto de gloria? ¿Qué hace una ciudad atrapada entre dos bandos?

El lector también se cuestiona: ¿Qué puede hacer un poeta ante la guerra si no es escribir un alegato contra ella?

Alonso de Ercilla, ya en 1.569 se preguntaba en La Araucana, en su canto XX:

¿Todo ha de ser batallas y asperezas,
discordia, sangre, fuego, enemistades,
odios, rencores, sañas y bravezas,
desatino, furor, temeridades,
rabias, iras, venganzas y fierezas,
muertes, destrozos, riñas, crueldades;
que al mismo Marte ya pondrían hastío,
agotando un caudal mayor que el mío?

En su epopeya El Paraíso perdido se planteaba John Milton por qué un Dios bueno y todopoderoso decide permitir el mal y el sufrimiento cuando le sería fácil evitarlos.

Ya se trate de un poema épico medieval, un cantar de gesta o una saga escandinava, los poetas utilizan la fuerza de la palabra, su caudal caústico, emocional e incluso irónico para hacernos reflexionar sobre el sinsentido de la violencia.

José Ignacio Besga ha realizado un ejercicio de investigación, visualización y reanimación para que los lectores podamos acompañarlo hasta esos días previos al solsticio de verano de 1.813, el preámbulo de la Batalla de Vitoria. Imaginamos las calles resonantes, el cálido sol de junio, el sonido de cascos sobre la piedra... Las coordenadas están trazadas. La amenaza se acerca. El miedo al dolor, a la hambruna, a la muerte. Los nombres de esos lugares que nos son tan familiares, cobran un sentido de epopeya: El Cantón de la Soledad, el río Zadorra, los cerezos de Zuazo, las casas de Subijana, el castillo de Gometxa...  Y por encima de todo, flotando amanazadoramente, la premonición de Minerva anticipándose al desastre.

¿Qué puede hacer un poeta ante la guerra si no es escribir un alegato contra ella?

Darles voz a las madres, a los amantes, a los moribundos, a quienes no fueron cegados por la grandilocuencia de la ambición y conservan la lucidez del sufrimiento. Hacer que todos nos cuestionemos -el británico, el español, el portugués, el francés- a quién beneficia la violencia, qué trofeo busca su arenga de palabras envenenadas en contra de la labor de los Parlamentos, las Cartas Magnas, las Constituciones, el armónico crecimiento de las civilizaciones y el derecho de todos a la vida.

Exigen las madres: “No luches por mi libertad, no te lo he pedido.
Ni me impongas a ningún rey. No me impongas a nadie. No te lo he pedido.
Respeta la vida de nuestros hijos.”

Y pregunta una vez más mi amigo el poeta. “¿Qué paisaje queda después de la batalla?” “Ha llovido mucho sobre la llanada, ¿pero no lo suficiente para apagar las cenizas del último conflicto, a unas horas de avión?”

Mientras se oculta el sol en esta tarde de junio de 2013 -y todos tenemos miedo y todos tenemos esperanza-, bullen los foros pacifistas, ruge la voz altisonante de algún iluminado, el fusil se convierte en bomba de racimo, la flecha en misil, los cañones en armas de destrucción masiva, la caballería en cazabombarderos tácticos avanzados, los ministros de guerra en ministros de defensa.

¿Qué puede hacer un poeta ante la guerra si no es escribir un alegato contra ella? Ahora y siempre. Un alegato triste, lúcido y tenuamente esperanzado “para quien conoce el lenguaje de las estrellas”, como este poemario de José Ignacio Besga, mi buen amigo poeta, con su honesta voz de paz.



Pedro Tellería y el ojo mental


RADIOGRAMA 31. Pedro Tellería,  Arte Activo Ediciones, Vitoria 2007

Pedro Tellería ha escrito textos mínimos (breves, leves). Mínimos como el suspiro de alivio y el suspiro de añoranza. Textos minimalistas, sentenciosos, aforísticos. Como si fueran koans de estructura germánica.

Pedro Tellería escruta un lapso de tres meses de su vida utilizando el ojo mental. El ojo mental mira sin contemplaciones, con una visión directa y certera. El ojo mental apunta, dispara y acierta.

A veces el ojo se cierra y piensa en voz baja. Piensa imágenes que vienen de ser un sentimiento. Piensa preguntas para la luz que vieron. Piensan detalles. Evocan. Sueñan una ligera variación de la vida. Ven lo impensable.

El ojo mental ha tejido una tela de miradas cazadoras furtivas. En ella caen los insectos que revolotean entre el mundo y la imaginación.
  

UN ASUNTO MUERTO. Arte Activo Ediciones, Vitoria 2011


Lo he leído de un tirón, como se merece una novela escrita con buen pulso. Un lenguaje negro, clásico, austero. Muy visual, fílmico. Esa primera persona y el pensamiento contenido, descreído, filosofando apenas y con la intriga justa. Me recuerda a una novela que me gustó mucho: “Beltenebros”, de Antonio Muñoz Molina. Aunque también encuentro ecos de Hammett o Mankell. Chandler menos, porque es más seco, menos irónico. Me gusta el recurso de llamar sólo por los apellidos, con ese tono ministerial gris, de subalternos; la economía de personajes y las descripciones parcas.  Me ha impactado el símil semioculto entre el pantano y la vida.


LOS PASOS DEL NÓMADA,  Arte Activo Ediciones, Vitoria 2013


Besos de pez. (para Javier Postigo)

He leído este libro con el afán de averiguar el porqué de su título, y ésta es, sin duda, la razón: se llama “Besos de pez” porque está escrito con burbujas de oxígeno.

Se compone de dieciocho historias vividas, vívidas, respiradas y oxigenadas. Todas ellas han sido escritas con la técnica que emplearía un aventurero, un descubridor o un explorador para realizar sus anotaciones en un cuaderno que siempre es de cuero y se cierra con una goma negra.

Curiosamente, se leen estos cuentos como si te los estuviese relatando un viajero que se sube a tu mismo tren y se sienta en tu compartimiento. 


El autor busca las fuentes argumentales en el anecdotario de su memoria. Comienza cada uno de los cuentos en clave de anécdota, en un tono ligero, intrigante, seductor, no exento de ternura. Procede a una interpretación de los hechos. Sigue el rastro de una fina ironía. El relato va acumulando tensión y alcanzando profundidad. Concluye en un perfecto círculo trazado con la fuerza de la razón.


Encontramos cuentos que son como frescos impresionistas con figuras sobre un muro en relieve. Un ejemplo sería: “Mi querida señora ramera”, la historia de la prostituta beata y el taxista imberbe. Otros presentan el ritmo vertiginoso de un thriller, como “Ave María Purísima”, una intriga romana.  Un tercer grupo nos cuenta la historia desde un magisterio, con jerga profesional. “Ochenta o noventa” pertenece a esta categoría, con su lenguaje de pescador avezado. 


Todos y cada uno de estos relatos ofrecen en su centro una recompensa por su lectura, un caramelo de limón, un refuerzo positivo. Algo que impele a repetir la acción, a leer un nuevo cuento.


Si hablásemos de géneros o estilos, habríamos de situarlos en la tradición del cuento en la oralidad. Esta manera de narrar, propia de transmisores y retransmisiones, tiene su origen en oriente, cruza en el medioevo hasta occidente, la encontramos en el Conde Lucanor, en  los hermosos “Relatos del medio amigo”, o en “Los Castigos” del rey Don Sancho IV. Diría que la oralidad está muy presente en la tradición literaria catalana, con nombres como Pere Calders  “Invasió subtil i altres contes” (1978) o Quim Monzó; también en la latinoamericana, con autores como Laura Antillano; en nuestro país sería propio hablar de  Medardo Fraile o María Eugenia Salaverri y, por supuesto, del cuento popular.


Sus características se basan en:

-Producir una tensión sin cortes (para leer o escuchar de un tirón).

-La voz que se escucha no es la interior, sino que se oye a un hablante.

-Los temas son de carácter viajero (del tiempo, del espacio, de las culturas).

-Estilo breve y sencillo. Habitualmente didáctico.

-Lenguaje con rasgos coloquiales.


“Besos de pez” se incardina, pues, en esta gran corriente y aporta, con ello, una frescura sonora al cuento en castellano. La narrativa breve se encuentra a menudo excesivamente escorada hacia una pose intelectualista, anquilosada en muchas ocasiones en la tradición del cuento psicologista, freudiano, lacaniano, en el barroco filosófico y en el estructuralismo argumental.


"Besos de pez” son burbujas de oxígeno.



Pasos de Ángela Serna

PASOS

Son como latigazos en la piedra, como caricias en el corazón de una gárgola y como velas que se encienden en una mina de plata. Y también parecen besos de estatuas amantes. Y, cosa rara, también parecen sondas en la roca.

En todo caso, son versos que pegan y drenan y acarician e iluminan. Así son los Pasos. Uno tras otro, parecen dados por un filósofo, o filósofa, mientras sube la escalera de Babel. Parecen dichos en medio de la noche de los tiempos. Parecen grabados bajo el agua, en el muro de una catedral sumergida. Parecen sombras de palabras vivas al cruzar, furtivas, cerca de ti.

DEFINITIVAMENTE POLVO

La palabra resignada, herida, caída y entregada. Y sin embargo, la palabra que cabalga sobre la música y vence desde la transparencia y la fragilidad. Esa palabra, que ha sabido siempre seducir, consigue consolar. Porque viene de comprender serenamente, porque regresa tierna y digna de un viaje al dolor.


La emoción que hace sentir su lectura empieza como empieza un hermoso acorde y termina como laa vivencia de un viaje profundo, sabio, triste, rico y valiente.


Poesía: (para Jorge Girbau Bustos y Ángela Serna)

Se produce una corriente de palabra, como de energía o de agua. Fluye entre ambos, apostados como dos cariátides o dos esfinges. En algunos momentos parece un partido de tenis con la palabra, otras veces rebota contra la pared, como si fuera padel. Todos los sentidos se van implicando. Se ve saltar las palabras de la boca a la pantalla. Se escuchan las pisadas de las imágenes, esas figuras idénticas siempre. La música se enreda en la geometría. Se acopla a los ángulos y rellena los volúmenes. Y ellos, como pedaleando al mismo ritmo lento, en una bicicleta fija, dando un paseo en el que lo que discurre es el paisaje.

Recuerdo los movimientos de la mano derecha de Ángela, acariciando los versos. Y recuerdo cómo Jorge se agachaba a tomar agua de la botella de plástico. Todo junto parecía una coreografía de movimientos planos, repetidos, como los de la pantalla.

Es un recital coherente. Clásico y nuevo.


Pueden sorprender: (Para Ana Sánchez Serrano y Guadalupe Serrano)

Definición de “Héroe” según Vikipedia: “...Un héroe (hombre) o heroína (mujer) es un personaje eminente que encarna la quintaesencia de los rasgos claves valorados en su cultura de origen. ...El héroe posee habilidades sobrehumanas o rasgos de personalidad idealizados que le permiten llevar a cabo hazañas extraordinarias y beneficiosas («actos heroicos») por las que se hace famoso (compárese con el villano)”.

Cada época y cada cultura eligen a sus héroes: esos personajes que encarnan los valores supremos del momento. El héroe disfruta de una existencia triunfante, acreditada y enriquecida. Los héroes de nuestros días figuran en los selectos catálogos de políticos victoriosos en macrocampañas, artistas seductores de multinacionales, deportistas pluriempleados como hombre-anuncio, empresarios de la globalización y hechiceros de los medios de comunicación de masas. En nuestra civilización no consta epígrafe alguno para héroes o heroínas de hazañas sociales o por actos que engrandezcan y beneficien en la vida cotidiana. Nadie se hará merecedor de éxito, prestigio y dones sólo por desarrollar extraordinarias habilidades adaptativas al áspero día a día o por conseguir una plusmarca de bondad, bienestar y libertad para sí y sus semejantes.

Vivimos tiempos confusos. Por eso, aunque pervive intacta en nuestra era la tipología del héroe mitológico, bienhechor y benefactor, la retina desvirtuada de la actualidad no sabe distinguir a los verdaderos superhéroes camuflados e infiltrados que laboran en oficinas o factorías, aguardan en las colas o en las antesalas, agrandan las fundaciones y desempeñan inconmensurables tareas silenciosamente, con sus superpoderes. Son colosos anónimos, armados con equipamiento tan sencillo como una bolsa de hipermercado, un lápiz, un martillo, una aguja... pero que luchan a diario con la fuerza ciclópea de Hércules, la agilidad titiritera de Spiderman y la convicción solidaria de Superman.  Éstos son los titanes que se han vuelto invisibles porque se impuso la tipología del héroe de relumbrón.

Guadalupe y Ana (Serrano Sánchez) son dos mujeres que combaten minuto tras minuto con la hidra de siete cabezas que es el “ser diferentes”. Ellas miran, observan, procesan y reinventan mundos en su mundo. Ellas levantan universos tan precarios, delicados y sigilosos como castillos de mondadientes.

Ana padece parálisis cerebral. Mal nombre para una inteligencia analítica y una sensibilidad despierta y minuciosa. Mal nombre para alguien que vive en la riqueza de la mente y en la pobreza de movimientos. Mal nombre para ser comprendida por quienes corren por la vida como correcaminos despavoridos.

Guadalupe es la madre. Ella alimenta a Ana de motilidad. Le presta su brazo y su tiempo. Guadalupe se nutre a cambio de los retos que Ana le plantea. Las dos comparten un correveidile en sus miradas. La ternura que ellas colocan en la balanza tiene mucho más peso que lo que pesa la vida.

En este libro encontraréis las voces de tonalidades cálidas y las miradas en colores conceptuales de estas dos titánicas mujeres que viven silenciosamente la excepción. Voces y miradas al cuadrado, cúbicas y excepcionales. Ellas nos pueden sorprender. 



Berroiales.  (para José Ramón Elorriaga Zubiaguirre)

Tuve el honor de ser la primera, de Vitoria, en leer el manuscrito de los Berroiales.



El libro huele a hierba fresca, a humedad, porque Berroiales es una historia, verdosa, herrumbrosa, que nos cuenta la voz joven y serena de Iker con alma de sabio centenario, milenario se diría, logrando que sus palabras se conviertan alquímicamente en piezas físicas que reconstruyen la naturaleza y la dotan de memoria y de magia.



La flora y la fauna van brotando de sus páginas: olmos, avellanos, robles, hayelos, encinares, el fresno, el álamo... Regresa la golondrina y ulula el mochuelo. Las aguas discurren, unas veces plácida, otras salvajemente, creando musgo, verdín, alimentando helechos y rojas amapolas, acunando larvas y renacuajos, moviendo molinos, abriendo grutas.



El agua, revisada en todos sus estados físicos y anímicos, se nos presenta como elixir de vida. Bañada por el agua, la naturaleza muestra todas sus caras, con sus cambios apenas perceptibles, su transmutación silenciosa a lo largo de las estaciones.



La voz de Iker, y su mirada sabia, enternecida, nos habla de su hermano Gillen, el niño aventurero que les susurra a los seres de las aguas y protagonizará con ellos una gran expedición, río arriba, río abajo, siguiendo los misterios y entresijos de los barrancos y cañadas. Nos habla también de Ama y Aita, personajes que reaprenden oficios milenarios: pesca, agricultura, mecánica... en su esfuerzo por rescatar y vivificar el microcosmos de Berroalde. Y nos presenta a los aldeanos: el herrero, el boyero, el molinero, el segador, el muchacho con dotes atléticas, los hombres que frecuentan la taberna... A la cálida luz de la mirada de Iker, todos los personajes se nos muestran desde dentro, desde la sana voluntad de quienes conocen en profundidad, y preservan por ello, su hábitat.



En paralelo, trenzándose ambas dimensiones, el lector va conociendo la epopeya de los berroiales, esos pequeños seres mágicos y compasivos en busca de su tierra prometida.



La fuerza imaginativa de José Ramón Elorriaga para construir mundos fantásticos, sin salir del nuestro, nos recuerda a los grandes clásicos de la literatura como “Viaje al centro de la tierra”, de Julio Verne o “El Hobbit”, de Tolkien.



Este es, sin duda, un libro para gourmets de la buena prosa. El tratamiento tan minucioso y amoroso de lo PROPIO, con respeto, mimo y gran condescendencia, me ha traido a la memoria la manera rusa de narrar. Pongo como ejemplo autores de la talla de Gogol o Puschikin en sus cuentos “Historia del Capitán Kopikin” o “La campesina disfrazada”.



Conclusión: recomiendo la lectura de “Berroiales”, de José Ramón Elorriaga Zubiaguirre, Arte Activo Ediciones, 2011, en dosos de dos capítulos al día, como mínimo, preferentemente a la caída de la tarde y/o antes de dormir; cuando el mundo calla y los pequeños berroiales nos reconfortan secretamente con sus ritos atávicos entre berros, salamandras y piedras que brillan...

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Los Pasos Perdidos. (para Juan Carlos Escobar Nieto) 

Los Pasos Perdidos de Pori (Juan Carlos Escobar Nieto) encuentran, antes de perderse, un camino a la lucidez.  Son pasos honestos que se tuercen y dudan, pero siguen andando. Cada paso es una palabra; y cada palabra, un metro hacia delante; la huella dejada que, antes de borrarse, transmite su testimonio hondo y minimalista de un caminante a otro caminante.


Hay pérdidas que se lloran, como hay otras que se agradecen. Algunas veces uno pierde el aliento, la esperanza, las llaves o el control. Se llega a perder el hilo, el tiempo y la vida. Con algo de suerte, no pierdes la cabeza. Pero otras veces, lo que se pierde es el miedo. 



Hay llamadas perdidas que nunca se recuperan y pasos perdidos por un camino errático. Se pierde la nitidez de la memoria y el color del mosaico de nuestra vida. Vamos perdiendo.  Todos somos esos perdedores. Sin embargo, hay ocasiones en que alguien consigue no perder la dignidad.



Este libro es una invitación de Pori a todos nosotros. Una forma de pagarse una ronda y compartir los Pasos perdidos por barrios dormitorio de Madrizz o Torino, por los cascos antiguos de Vitoria y de Roma, en una noche desierta de Vantiniglia, en un bar de Talavera, por los caminos que conectan la mente con las vísceras.  Pasos que lo llevaron hasta ángeles con nombre de mujer, de la mano de un pobre diablo, bajo el manto de las estrellas. Pasos perdidos por un hombre que también ha perdido el miedo y conserva la dignidad de su memoria.