sábado, 17 de octubre de 2020

"Ella vive en el traje que se está haciendo"

Letras para el Arte. Museo ARTIUM. Vitoria-Gasteiz

Se han cumplido cinco años desde aquel diálogo poético con la obra "Ella vive en el traje que se está haciendo", de Eva Lootz. Guardo muy buen recuerdo de este día, y también agradecimiento a la profesora y artista de euritmia Caridad Jiménez*, quien me acompañó para establecer no sólo un diálogo con la imagen de Lootz sino también una verdadera conversación con el movimiento, el sonido y la palabra. Gracias además a ARTIUM, Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo, por invitarme al espacio "Letras para el Arte" y cedernos su auditorio e infraestructura. Y quiero mencionar a Elena Roseras, responsable de Biblioteca y Documentación, por su profesionalidad y buen hacer.

*(La euritmia es una forma de meditación occidental basada en lo arquetípico del sonido). 

VÍDEO 

   
                            (El Correo, 26-5-15)



martes, 22 de septiembre de 2020

FRÍO

Impresionante lectura de la poeta Ángela Serna del poema que le dediqué a mi madre en el libro La noche en una flor de Baobab. Le estoy muy agradecida a mi querida y admirada Ángela por prestarle a estos versos su voz y su emoción. 



miércoles, 9 de septiembre de 2020

Entre palabras anda el juego


Presentación
ENTRE TANTO, EN ALGÚN LUGAR
(Palabras de Juan L. de la Cruz)

Bilbao – FNAC
4 de septiembre de 2020

         Un minúsculo regalo con atisbos de inmensidad. Entre tanto significa tiempo. En algún lugar significa espacio. Ahí está todo. En el espacio-tiempo. En el tiempo-espacio. En el universo creado, construido con palabras. Mil. Dos mil. Tres mil palabras que se abren, que ascienden, que ahondan. Palabras limitadas que, por mor -por amor- de la matemática poética se resuelven en infinito.
         Este librito en prosa abriga mucho poema. El lenguaje es poético. Muchos personajes y muchas situaciones lo son, también. Poéticos. Ya lo hemos dicho: la autora. Y, por ende, el lector: éste se contagia de poesía, enferma de fantasía, de realidad, de belleza. El inapeable carácter poético de los textos los eleva a la categoría de fragmentos, de fragmentos de un todo. Cada cuento es -en delicioso ejercicio arquitectónico- independiente e interdependiente, un uno y un otro, flanco y blanco. El libro, pues: un libro de cuentos, un cuento de libros. Un poema.
         Entre tanto, en algún lugar es, además -quizá por todo ello-, un juguete literario, un entretenimiento lúdico. Un alarde de estilo. Destreza, fogueo y gimnasia verbal. Maniobras metafóricas, pirotecnia adjetival, caminata de vocablos sorprendentes y traviesos en pie de chanza. En efecto: una vena de humor -dramático, tantas veces- recorre la sangre lírica de esta teoría de fragmentos.
         Fragmentos, como no puede ser de otra frontera, de extensión variable. Desde el microrrelato hasta el cuento corto. O más largo. El infinito, claro, para decirse, precisa de su talla justa. Ángela Mallén, por tanto: modista de palabras, sastre del sinfín. Por si fuera poco. Por si fuera poca. Por si fuera roca.
         En el iceberg que es este libro -¡tanto libro en sólo uno!-, hondean -con hache de profundidad- puntos de vista narrativos muy originales; perspectivismo; homenajes al cine americano; pícaros acentos desubicados; rastros cervantinos; huellas bíblicas; metaliteratura y crítica literaria; jocosas referencias a la vacuidad televisiva, a la modernidad insubstancial…
         Y sabiduría. Mucha sabiduría. Entre tanto, en algún lugar descubrimos, también, un ensayo, filosofía plena, malleniana alta profundidad. Leyendo aprendo a aceptar las preguntas sobre las respuestas, la posibilidad sobre la certeza. Aprendo que hay que contar historias para que el tiempo no se aburra en su eternidad. Aprendo que nadie mira a una anciana excepto si se cae o se muere. Aprendo que la errada clave del siglo XX, del XXI, es la velocidad. Aprendo que no sé quién me ha regalado el tiempo; ni quién me lo quita. Aprendo que todo se va quedando lejos y dentro a la vez. Aprendo que es mejor investigar en lo blando. Aprendo que el silencio de los ausentes suena como si le dieras un trancazo a un cerdo que chilla. Aprendo que he de elegir cómo te llamas: Rosa, Felisa, Lorena, Pilar, Marta, Gala, Adela, Berta o Soraya. Aprendo que el formidable cajero chino de una tienda de chinos es, todo en uno -¡todo en uno!-, tendero, dependiente, reponedor, jefe de sección, director de mercadotecnia, asesor financiero, contable y apoderado general. Aprendo que el dolor del daño, del daño insolente y arrugado, es filoso, incongruente e inútil. Aprendo que hay que procurar no ahorrar, sino ahorrarse el dolor. Aprendo a valorar las cualidades perrunas de gozo, dignidad y fidelidad. Aprendo que un libro nuevo, un libro bueno, huele a tinta fresca; pero también huele a algo más: a esplendor, a corazón, a interior. Aprendo que mis amigos, al final, son ángeles, Ángela, diablos, vírgenes, zombis, androides, unicornios y parias. Aprendo que en los no-lugares (aeropuertos, estaciones, hoteles) se interrumpen muchas historias. Aprendo por qué la eternidad se va abriendo como una compuerta, como un telón, como una hernia. Aprendo a desentrañar perfumes: tomillo, genista, romero o quizá mirra, o sándalo, o almendras recién tostadas… Aprendo el color único de la camelia, el alelí, la violeta, la pasionaria, el nomeolvides, el pensel, la caléndula, el jacinto, la zábila. Aprendo que sólo hay que alejar un poco el objetivo para que lo múltiple se convierta en homogéneo. Aprendo a experimentar la belleza del estómago. Aprendo la importancia de la rotundidad: una ensaimada gigante, la escotilla de un batiscafo, un cernidor de oro, la tapadera de una alcantarilla, la rueda de un molino manchego, un charco con forma de palangana. Aprendo a identificar el perfil de un ciprés, el aliento de la nitroglicerina, la solemnidad de un cristo de montaña -inmaterial y equívoca como los neutrones-. Aprendo que la edad es no saber separar un verano de otro porque el tiempo se ha hecho, ya, de una pieza. Aprendo la monotonía. Aprendo a mantener tensa la musculatura de la sospecha. Aprendo a ser, a intentarlo, de carne y luz.  Aprendo que vivo la vida dormido. Durmiendo. Durmiéndome. Aprendo que todo es malo. Aprendo que en el confort reside la brutalidad. Aprendo que un monstruo gelatinoso me persigue a todas partes. Aprendo a tener el alma cortada.
 Muchas gracias.
(Juan L. de la Cruz) 



sábado, 5 de septiembre de 2020

Presentación de "Entretanto, en algún lugar"


Todos los protocolos se cumplieron: mascarillas, distancia, gel, asepsia. El aforo reducido se completó y el libro se presentó. Los ojos lectores y escritores se miraron. 








Y por un ratito, o dos, todo fue un poco más ligero. El editor Javier Fernández Rubio (El Desvelo Ediciones), el escritor Juan L. de la Cruz y la diseñadora Victoria 
O´May me acompañaron y arroparon.
Gracias al público por su presencia, a pesar de tantos pesares. Y agradecemos también la implicación de los responsables culturales en la librería FNAC (David en San Sebastián y Ana en Bilbao) para que la actividad resultara segura.


jueves, 3 de septiembre de 2020

lunes, 31 de agosto de 2020

ÁGORA (Papeles de arte gramático)


Acabo de recibir ejemplar impreso de ÁGORA, revista de crítica y creación literaria. Preciosa edición e inmejorable compañía. Muy agradecida a su director, Fulgencio Martínez, por incluirme en una iniciativa que alegra y emociona en estos tiempos grises y mustios.


Para ver la edición digital, pincha aquí:  Revista ÁGORA










viernes, 26 de junio de 2020

HastA enContraRNos . . .

Hasta el momento de encontrarnos en algún lugar cara a cara, y mirarnos a los ojos, o cerrar los ojos para escucharnos... Entretanto... 

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jueves, 4 de junio de 2020

EntreTanto, en Algún LuGar

Nuevo libro. Nueva normalidad. Todo nuevo. 
El libro se llama Entretanto, en algún lugar. La editorial, El Desvelo Ediciones. La portada es de Victoria O´May. El prólogo es de Julia Otxoa. Entre tantas personas queridas y admiradas, "lo nuevo" ya tiene para mí una gran cantidad de "bueno". Gracias.
El libro es de cuentos (o no tan cuentos). Algunos son pequeños y traviesos. Otros son ya mayores. En todos hay una parte fresca y otra madura. Espero que cada cual encuentre el suyo y se lo quede.



Hoy voy a contaros el cuento de El insecto palo (página 50)

"Las nubes negras con borde amarillo se rompieron contra las montañas como si fueran cáscaras de huevo, y la luz se desparramó hecha clara y yema dentro del valle. Yo todavía seguía electrizado e imantado. Podría pensarse que mi cuerpo era de hierro y níquel.

Lo había visto un cuarto de hora antes, en el área de servicio de la autopista A-8, mientras espe­raba turno en la cola de la cafetería self-service. Era delgado y huesudo como un insecto palo. Su cara triangular reforzaba el efecto de lepidóptero, su na­riz griega le añadía un porte digno, y sus cejas oscu­ras resultaban un acento, una tilde para subir el énfa­sis de su expresión neutra. Llevaba jeans negros y un jersey pegado de cuello perkins gris marengo. Espe­raba su turno en posición tan erecta que podría ser­vir su espalda para nivelar la pared. Una figura ape­nas real, poco humana. Desde su estatura no miraba a nadie ni parecía concentrado en nada. Se limita­ba a permanecer elevado en el aire del autoservicio como si los cuatro puntos cardinales lo sujetaran y lo enderezaran. Yo no era capaz de despegar mis ojos del insecto palo. Imaginé cómo sería tocarlo, lo mis­mo que un niño siente el impulso de atrapar una la­gartija solo para apreciar su pequeña naturaleza dife­rente. Imaginé sus aristas cortando mis dedos igual que un cuchillo afilado. Porque eran filos sus huesos, no ángulos. Toda una hipérbole de la ligereza y del riesgo. No quería mirarlo más por si él bajaba su vis­ta y me atrapaba en mi silla como un insecto mayor atrapa a la mosca de un lengüetazo. Por eso le lanza­ba pequeños vistacitos mientras me fumaba un ciga­rro a grandes bocanadas. Al ver que él seguía en cal­ma, empecé a demorarme en detalles cada vez más nimios: los ojos en forma de hoja de roble, la me­dia melena ondulada del color de la hojarasca seca, los largos dedos con los que tecleó una sola vez en el móvil. Y también una vez solo tropezaron sus ojos de roble con los míos. Un microsegundo, si existe esa medida. Fue un instante en el que me sentí más consciente por dentro que por fuera. Desapareció la carne y se tocaban mis neuronas, humores y cartíla­gos como si mi cuerpo fuera un paisaje de cielo, tie­rra y agua.

Puede que recordar ese estremecimiento me im­peliera a maniobrar para bajar de la autopista y des­andar la decena larga de kilómetros hasta regresar a la estación de servicio. Mientras tanto me pregun­taba por qué razón se envalentonaba mi yo cuando iba subido a un vehículo. Ante el mundo detenido, sucumbía. Quizás mi espíritu se petrificaba ante las normas. Ahora estaba en modo tregua. Podía es­cuchar mis pensamientos por encima del ruido del coche, de la autopista y del mundo que nunca calla. Podía escuchar también cómo mi corazón acelerado se adelantaba a mis actos. No podía imaginar nada más allá de volver a mirar al bicho, y quizás rozar al­guno de sus filos. Me parecía que el aire habría de llenarse de un gas ligero, más semejante al helio que al nitrógeno. Helio y oxígeno. Me parecía factible pasarme el resto de mis días rozando las aristas, flo­tando en la vida. Por eso tenía que jugármela.

Y volví allí. Y no tuve que rebuscar ni sufrir. Lo vi sentado en un escalón de la entrada al bar, con las finas y largas patas encogidas como a punto de dar un salto. Cualquiera diría que estaba esperándome.

Se acababa marzo. La arboleda que crecía a la orilla de la autopista empezaba a revivir con ese co­lor de verdura fresca que enciende los sentidos. Yo estaba de pie junto a la puerta del coche cuando los ojos en forma de hoja de roble cayeron flotando so­bre los míos. Y después de demorarse en mirarme, los ojos de roble miraron en dirección a la arboleda".

 

Ver en AGITADORAS



  


jueves, 28 de mayo de 2020

Jueves de DomiNGo.

Hemos dado un paseo por los humedales de Salburua para visitar a los amigos ciervos, quienes, al vernos, continuaron rumiando su menú de hierba más fresca y crecida que nunca. Hoy hace tarde de domingo, aunque sea jueves. La gente pasea por los anillos verdes y también por la ciudad, alegres y relajados, vestidos de domingo, aunque sea jueves. Ya no vamos de trapillo como durante los meses de confinamiento, cuando nadie se vestía para los demás, sino para bajar al súper o a la farmacia con la ropa de andar por casa, o con una camiseta y unos pantalones viejos para tirar. Hoy ya no. La ciudadanía ha despertado de su extraño y atemorizado letargo y ha elegido la ropa que se iba a poner. Los colores concuerdan y la cabeza va erguida. Aunque la mascarilla borre la boca, la sonrisa llega hasta los ojos, cejas y frente. No sólo la boca dibuja la sonrisa. Y a pesar de la imagen distópica de la gente con mascarilla, nadie teme al apocalipsis bajo el sol. La ciudad ha perdido los tonos plomizos y en el ánimo no resuena el acorde sostenido de órgano como en las películas futuristas catastróficas. Necesitamos volver a la normalidad, como dicen unos; o a la subnormalidad, como dicen los “graciosos”. Pronto haremos balances, estudios, películas, retrospectivas, revisiones analíticas, prospecciones, documentales, etcétera. Pero mucho me temo que un porcentaje de gente severamente alto lo haya borrado de su disco duro para seguir creyendo que la “normalidad” de antes existe todavía y es un valor seguro. Y cuando digo “antes” me refiero a toda la vida. Eso explicaría que en los foros del poder hayamos vuelto a los tiempos de la segunda República, a la crueldad, el exabrupto y la desfachatez beligerante de quienes no admiten la alternancia en los gobiernos.

No puedo dar la cara (entera) ante tanto despropósito.

Muchos habíamos caído en la tentación de tener esperanzas en que el escarmiento de la pandemia y el tiempo de reflexión e introspección nos rehabilitara y predispusiera a una nueva forma mejorada(más creativa, respetuosa y sosegada) de ocupar un lugar en el mundo. Sin embargo, ni por esas. Estamos abocados a reincidir y estamos hechos a la fealdad del estancamiento. La pregunta del millón es: ¿qué dosis de Covid-19 u otras catástrofes o plagas habrán de asolarnos antes de que la humanidad asuma sus errores?

  

lunes, 4 de mayo de 2020

Bajo el Cielo Limpio

A través de mi ventana veo pasar los trenes fantasma, veo pasar a un hombre cabizbajo que parece conducido por su perro, y veo pasar las nubes cuyas formas ya nadie interpreta con mirada soñadora. En la ciudad detenida sólo escucho las campanas que doblan y el zumbido de un falso silencio hecho de una nueva sonoridad de intramuros.

El virus con nombre de Pokémon ha roto el encantamiento de la humanidad. Tras su alerta todos vemos al emperador desnudo. No era verdad que el progreso no tenga límites, que siempre se pueda acumular más riqueza y alcanzar mayor velocidad. Ni siquiera era verdad el bienintencionado crecimiento sostenible. El emperador está desnudo y la humanidad puede verlo ahora que el bicho con nombre de Pokémon ha roto el embrujo de Jafar, Maléfica o Cruella de Vil. Qué tristeza parecernos a los productos de la factoría Disney.

Nadie había imaginado cómo suena el mundo detenido. Ni siquiera tu pequeña ciudad detenida, tu barrio, tu bloque de viviendas donde los niños juegan en sordina. Ahora ya lo sabemos todos. Nuestros ojos han despertado. El zumbido del silencio nos sobrecoge. Y en el vacío extraño que provoca la inacción, los pensamientos alcanzan una profundidad que nunca se lograba con la velocidad. El pensamiento es un proceso quieto. La verdad es esa evidencia que emerge de una ciudad detenida bajo el cielo limpio.



DiONiSiA Bajo Otros CiELOS

La poderosa mirada de Dionisia García se desliza sobre el paisaje "Bajo otros cielos".




Leer aquí: BAJO OTROS CIELOS

miércoles, 15 de abril de 2020

NO dESeO saLIR del PALIMPSESTO,



Cómo salir del palimpsesto
Ángela Serna
(Prólogo de Elsa López)
L.U.P.I. 2019
113 páginas


Se abre el telón. Son Calderón y Shakespeare. Penélope abre su ventana y escucha el cielo sobre el teatro del mundo. Alguien explora lo más liviano de la semiótica. Es Umberto Eco. Los lenguajes no son reinos que instauran las palabras. Ellas no reinan. Ellas son lo que vuela y lo que se asienta. Una poeta indaga en el proceso de sedimentación y en la aventura del arrastre. Es Ángela Serna. Mucho más allá del juego de los contrarios y del afán de la acumulación, la poeta soporta ser consciente del tránsito. Resiste. Rastrea la huella mínima que, siendo efímera, contribuye a marcar los caminos. El camino es la unión. El camino lleva al cruce. Todo es camino y caminar. El caminante interioriza y anota. Aventura, valor, precisión. El azul es caída. Reposo y caída. Cielo y mares. De eternidad en eternidad. Tanto en el tránsito de la nube como en la pirueta de la ola. Igual que una crisálida abriéndose a las puertas del mar. Y la voz se adelgaza para buscar no sólo la belleza, sino también la pureza. Por tanto, hay destilación. No sólo busca la poeta el dibujo que deja en el aire lo ausente, sino que busca su perfume también. Y su melancólica melodía. Desde la orilla, sólo me llega / la voz de un viejo sauce llorando. ¿Qué importa el dolor entonces? El dolor que ya era se vuelve sustrato, medio y vía. Hay reparación. Es Flaubert. Es preciso franquear los límites para rescatar ...Nos devolverá la locura / la cordura de creer / que fuimos un tiempo / dueños / de nuestras / infracciones... Hay que rizar el rizo de lo más azul para hallar lo más luminoso. Tanto en la singladura como en el vuelo. Avanzamos lentamente   confiando / al aire lo que es del aire. / Al mar lo que es del mar. Se cierra el telón y la lectora, emocionada, comprende que regresa de un viaje y de un reposo. Guarda en su memoria la odisea compartida en el laberinto de la palabra. Conoce un nuevo color, otra tonalidad más rica y matizada en el lecho del palimsesto. Y todo es agradecimiento y gozo. Y la lectora no desea salir del palimpsesto.


sábado, 4 de abril de 2020

BAJO OTROS CIELOS

BAJO OTROS CIELOS (Versos viajeros: un recorrido poético por la geografía) es una magnífica iniciativa en formato de plataforma poética que nos invita a viajar de otro modo, ahora que el mundo se ha detenido. Muy agradecida por incluir mis escritos sobre Berlín y París.










domingo, 8 de marzo de 2020

bONSÁiS



Más pequeñas aún eran tus manos,
venosas y morenas;
más pequeñas aún que dos bonsáis,
que dos árboles complejos, contraídos.

Amasaban pestiños, panes de harina blanca,
tortas de piñonate. Tus manos
pelaban ajos tiernos, patatas tempraneras,
largas pencas de acelga.
Planchaban dobladillos, las mangas y los cuellos.
Encalaban la casa por encima del friso.
Lavaban los visillos, las dos colchas morunas,
las medias con costura.
Limpiaban las orejas del sillón.
Cosían los ojales, jaretas y festones.
Zurcían calcetines.
Bordaban iniciales en la mantelería, tus manos.

Buscaban sus abrazos a mi espalda:
dos ardillas partiendo su avellana.
Me dieron el adiós con La muerte del cisne. Tus manos.
Con el largo pañuelo de Isadora Duncan.

Bajé de tus bonsáis a una calle agitada.
Era un día de agosto.
La puerta de casa se cerró. Lacró. Selló. Borró.

(De La noche en una flor de baobab)

sábado, 1 de febrero de 2020

FADRÍ, EL DRAGÓN NOMBRADOR. SeGunda PArte

Melchor Zapata
(SEGUNDA PARTE)

…Y después de mucho nombrar, el dragón tenía una colección inmensa de palabras. Todas las guardaba dentro de su cabezota, detrás del cuerno. Sin embargo, todavía no había encontrado ninguna palabra que sirviera para nombrar al pequeño planeta azul. Intentó inspirarse en Brisa, Agua, Montañas, Árboles. Intentó construir una palabra combinando fragmentos de las ya inventadas. Por ejemplo: Brimón, Sagua, Táboles… Ninguna le satisfacía. Aunque con este método encontró una combinación llamada Sílaba que aprovechó para nombrar los trocitos de palabra. Pero para el planeta azul no había sonido, ni música, ni ritmo, ni acento con la suficiente personalidad. De modo que el planeta azul continuaba siendo el innombrado mientras iban naciendo los peces, los dinosauros, las aves, los animales arrastrados y luego los corredores. Con todos ellos jugaba el dragón a saltar, correr, chapotear, lanzar fuego, romper piedras, acariciar cachorros, lamer la lluvia, dibujar sombras, etcétera. Por supuesto, haciendo siempre el mudo. Todos estos acontecimientos sucedieron en un abrir y cerrar de ojos. Hasta que un buen día, en un lugar que llamó Orilla, apareció un animal nuevo, muy pequeño, que parecía estar jugando con los pies en el agua y las manos alzadas. Era hembra, sabía caminar con los pies y sabía alzarse de manitas. Por eso decidió llamarla Humanita. Tenía pinta de lista porque se quedaba mirando mucho rato las cosas, lo mismo que hacía él.

Un día estaba Humanita machacando un coco con una piedra y al ver que no se partía, dijo un poco enfadada: Coco, Coco. El dragón vio la escena y, lleno de emoción al comprender que este bichillo tenía energía, ritmo e imaginación, se le acercó y dijo con su voz de trueno cósmico COOOCOOO.  Humanita, lejos de asustarse del enorme dragón con su rugido de catástrofe, lo miró descaradamente desde su extraordinaria pequeñez. _Coco, dijo sonriendo. _COOOOCOOOOO, respondió el dragón encantado de la vida. Y a partir de ese momento se hicieron amigos inseparables.

Ambos habían encontrado un compañero de comunicación. El dragón le enseñó a Humanita casi todas las palabras que había inventado. Aunque muchísimas no se las podía explicar porque eran de otros mundos. Pero ella las repetía todas: _Galaxia -decía sintiendo el placer de los sonidos-. Y en su cabecita se formaba un agradable cosquilleo oscuro que muchísimos milenios más tarde denominaron “pensamiento abstracto”. _Árbol, piedra, río, monte… Decía Humanita con su voz aguda y alegre, mientras señalaba con un dedo muy corto terminado en una uña muy sucia. _ÁRBOL VERDE, PIEDRA DURA, MONTE ALTO… _Añadía el dragón con su voz de fuego cósmico.

Eran felices. Ella por primera vez en quince años y él por primera vez en toda la eternidad. El dragón la llevaba a la playa escondida en una de sus escamas esmeralda. Entraba en el agua y jugaban a ser una isla. Desde allí dentro se veía la línea de la costa con las montañas de color violeta oscuro y los bosques verde menta. Y creo que fue ese día cuando el dragón tuvo de repente un pensamiento triste y alarmante: todo lo conocido poseía ya un nombre, menos ellos dos y el planeta azul. ¿Y si por no tener un nombre caían en un agujero negro?

_HUMANITA NO NOMBRE, DRAGÓN NO NOMBRE, PLANETA NO NOMBRE. _Rugió el dragón preocupado.
_¿Planeta? _Preguntó ella extrañada, puesto que desconocía ese término.
_PLANETA: MUNDO HUMANITA. NO NOMBRE.
_Mundo Humanita Tierra. No agua.
_TIERRA. TIERRA. TIERRA. _El dragón no se equivocaba, ella era muy lista. TIERRA tenía lógica y también tenía música.
_TIERRA TIERRA TIERRA. _Repetía el dragón quemando con su voz un par de bosques.
_Tierra Tierra Tierra. _Replicaba ella varios tonos más alto.
Tan contento se puso el dragón que fue a buscar un regalo para Humanita. Al pie de las montañas violeta había un valle tan llano como la superficie del planeta Gliese, donde crecían extraños árboles de los que colgaban frutos de un color que a veces había visto él en Júpiter. Lo había llamado NARANJA. Allá se acercó el dragón y arrancó un árbol de aquellos para llevárselo a Humanita.
_NARANJA HUMANITA.
_¿Naranja Toc Toc? _Preguntó Humanita golpeando su pecho para indicar si era para ella.
_TOCTOC – TOCTOC - TOCTOC.  _Casi cantó el dragón como un barítono gigante.
_ Fadrí Dragón. ¡Fadrí!. _Dijo Toctoc inventándose una palabra para dar las gracias.
_FADRÍ – FADRÍ - FADRÍ. _El dragón a estas alturas estaba dando saltos de alegría y haciendo un agujero en el suelo que milenios después fue un lago de agua salada. Porque enseguida supo que esos eran los sonidos de sus nombres.

Para celebrar el acontecimiento, Toctoc se comió por lo menos dieciocho naranjas. Y FADRÍ se comió todas las que había en los árboles del valle, con hojas y ramas. Sólo quedaron los troncos pelados.

Él con su vozarrón de estruendo y ella con su vocecilla de pajarito cantaban y cantaban:
_TIERRA-TOCTOC-FADRÍÍÍÍ
_Tierra-Toctoc-Fadríííí

Milenios y milenios más tarde, los humanos todavía usaban el nombre de Toctoc para entrar en los universos personales y hasta construyeron una torre de ocho caras con el nombre del dragón FADRÍ.

Pero eso pertenece a otra era. Y lo importante es que ellos, Toctoc y Fadrí, nunca, jamás de los jamases, caerían en un agujero negro.

lunes, 13 de enero de 2020

FADRÍ, EL DRAGÓN NOMBRADOR

Melchor Zapata
(PRIMERA PARTE)

En lo más profundo del tiempo, mucho antes de que las nubes aprendieran a volar y mucho antes de que el mar tuviera olas y antes incluso de que los dinosaurios nacieran de un huevo, vivía un dragón solitario que se alimentaba de polvo de estrellas. Tenía garras afiladas con las que le gustaba hacerle cráteres a la luna, escamas de esmeralda porque le fascinaba el color verde, colmillos para hacerle cosquillas a los satélites recién nacidos, una lengua muy larga que era de fuego y un cuerno en el centro de la frente para poder colgarse un adorno. Era un dragón presumido y cuidaba mucho su aspecto. Desde hacía un par de siglos estaba haciéndose una bufanda de plumas de ángel, colas de cometa y flores de nieve de planetas congelados. Como en la noche de los tiempos sólo había ángeles y algún que otro dios, tenía casi todo el universo para él solo. Por eso acostumbraba a deambular por los confines del cosmos, luego se iba a dormir un poco a Orión o Andrómeda y por las mañanas boreales se iba a desayunar a la Vía Láctea. Era un dragón friolero, fisgón y entrometido que sólo le tenía miedo a una cosa: caer en un agujero negro.

La existencia en aquellos tiempos tan profundos carecía de nombre, por lo cual hubo de inventárselos el dragón solitario. Procuraba buscar nombres que tuvieran música y lógica. Y como ni la música ni la lógica se habían inventado todavía también se las tuvo que imaginar él.  A Orión la llamó así porque estaba formada por estrellas tintineantes en sus oídos: o-ri-óóóóónnnn. Y a Andrómeda porque la atravesaba saltando de estrella en estrella como si fueran teclas de un xilófono: An-dró-me-da-An-dró-me-da-An-dró-me-da. 

Una de los millones de veces que se encontraba relamiendo el riquísimo polvo estelar de la Vía Láctea (la llamó así porque era blanca y dulce como la leche de néctar que bebían los arcángeles en el paraíso del universo paralelo), vio por allí cerca una estrella bastante gorda que tenía nueve planetitas girando a su alrededor.  Parecían una familia simpática y bien avenida. A la estrellota la llamó Sol, porque se parecía a la nota musical que acababa de inventarse. Al primer planeta lo llamó Mercurio como su amigo el dios mensajero. Al segundo, Venus, como la diosa guapísima de la que estaba enamorado. Había uno que tenía un anillo precioso y pensó colgárselo él de su cuerno, lástima que no le cupiera. Así que lo llamó Satur-no, como el dios viejo, negativo y gruñón.

Y justo entonces, desde allí sentado al lado de Satur-no,  lo vio. ¿Qué vio? ¿Qué? ¿Qué? Pues vio el planeta azul. Era pequeño y reluciente como un átomo de vida, nebuloso y licuado como una gota de ambrosía. Pensó en comérselo enseguida, como un niño de hoy se comería un caramelo, pero se lo guardó para luego. Tan extraño era y tan bonito.

De modo que se acercó por allí y observó el planeta azul con su enorme ojo verde. Tenía montañas blancas casi tan puntiagudas como sus uñas. Tenía mares del color de sus escamas esmeralda y lo envolvía un cielo vaporoso que era lo más parecido a las pupilas de Venus cuando lo miraban a él.  Aunque al contemplarlo desde lejos le habían dado ganas de comérselo, ahora que lo escrutaba con detalle sentía una emoción extraña y nueva: eran deseos de protegerlo, mimarlo, acariciarlo y, sobre todo, era el deseo de no sentirse más solo. Y se puso a dar berridos de los suyos para expresar aquel nuevo estado alegre e ilusionado.

El dragón solitario cambió de tamaño, como hacía cuando le interesaba entrar en sitios pequeños, y se detuvo en una playa azul -aún sin estrenar- desde donde se divisaba la bola del Sol, limpia y distante. El mar todavía no había empezado a moverse y el agua era un perfecto espejo donde todas las cosas se duplicaban. −Cuánto me gustaría escuchar aquí fuera la música que escucho dentro de mi cabezota, pensó el dragón. −Aquel lugar hecho de líquidos, gases y lejanía le inspiraba enormemente. Tan placentero era aquel lugar que el dragón se adormeció y soñó que los colores se apagaban y que se dibujaba un disco de plata en el cielo y que el mar crecía un poco para bailar la música de su cabezota. A lo mejor pasaron varios millones de años -contar no era la prioridad del dragón-, pero el caso es que se despertó y notó cómo flotaba en el aire su bufanda de plumas, cometas y nieve. Flotaba literalmente. En su cocorota percibió una suave caricia que luego denominó “brisa marina” y tanto sus pezuñas como su interminable cola estaban más fresquitas porque se impregnaron de una sustancia húmeda como sus lágrimas de la risa que luego llamó “agua salada”. ¿Qué estaría pasando allí? Miró hacia el cielo y vio una cara en forma de disco plateado que luego denominó "luna“. Los colores estaban variando y el mar, que se había ido junto a él, bailaba vestido de espuma blanca. Bailaba porque todo aquello tenía sonido ambiental. Era el sonido hermoso que antes sonaba sólo en la cabeza del dragón: rítmico y suave, melódico y sincopado. Nadie sabe si aquello fue un sueño hecho realidad o una realidad que indujo al sueño. El caso es que así sucedió.

A partir del sueño del dragón, la luna empezó a dirigir las mareas con su mirada, el mar no dejaba de bailar el vals de las olas, los colores se apagaban cuando brillaba el disco de plata y despertaban cuando calentaba la estrella grande. Se hicieron la noche y el día, el frío y el calor, lo seco y lo mojado. A lo largo de lo que el dragón llamó “un día” cambiaban los colores del cielo y la temperatura del aire. Por todas partes crecían pelusas verdes que llamó “hierba” y enormes tapices oscuros que llamó “bosques”. El dragón se divertía inventando palabras para todo lo que iba apareciendo a la velocidad vertiginosa de por lo menos cinco cosas en cuarenta millones de años. Tan entretenido estaba, que se quedó a vivir allí. Y…. CONTINUARÁ

miércoles, 27 de noviembre de 2019

PoesiApp


Tentativas de definición de este libro:

PoesiApp, de Juan L. de la Cruz (AAediciones, 2019), es una bitácora de la vida, un cuaderno de viaje que se retransmite de modo poético por WhatsApp. Se trata sin duda de un género nuevo.

Son las notas de una vuelta al mundo sin salir del alma y un informe de regresos sin que el viaje cese.

PoesiApp es un microtratado filosófico de oscura pureza y de antigua ternura.

Una propuesta comunicativa que reúne fábulas en formato tweet, confesiones del tamaño de un aforismo, odas a la belleza que funcionan como un eslogan, perlas de plegarias, píldoras de opinión, mensajes S.O.S retóricos y tratados filosóficos hiperbreves.

PoesiApp es un despliegue conceptual escrito a ritmo taquigráfico con lenguaje sincopado.

Un poemario que te descargas como una aplicación y se lo instala el lector como un programa para reformatear su pensamiento en clave poética. 

La poesía es una vieja dama que nunca se ha muerto. Que lleva miles de años viva. Y no sabemos si es una hechicera, o una vampiresa, o una diosa, o una activista, o una prostituta, o una niña rubia, o una delegada comercial, o una camionera, o una agente de seguros, o una profesora de Berkeley. O todas a la vez. Siempre ha latido en los corazones aventureros. Siempre ha soñado en los ojos de los Ulises y de las Penélopes. Se alzaba con los puños de las revoluciones. Ha sabido rezar odas, pronunciar sonetos, cantar romances, componer liras, dibujar caligramas, esgrimir epopeyas, lanzar pareados, llorar epitafios, musicar la vida y preservar el alma. De este modo llegó hasta nuestro presente, sin permitir que las edades del mundo la debiliten.

Su fuerza grabó la piedra, garabateó pergaminos, conoció la imprenta. Pero ahora, en este milenio nuestro de electricidad y de silicona, su fuerza anidó en un móvil y tomó la red. Y rejuveneció una vez más. Y se reencarnó en PoesíaApp.

Imagina al poeta caminando de puntillas por las teclas de su smartphone, como si sus dedos fueran bailarinas que pulsaran la poesía de tecla en tecla, de ladrillo en ladrillo. Imagina al poeta adelgazando sus dedos para que puedan pinzar poesía. Letra por letra, como si fueran insectos que no deben dejar de volar en streaming por el software de tu cabeza, por el hardware oculto en tu corazón.

Enhorabuena al poeta por bailar en la nube con esta vieja dama eternamente joven.

(Palabras de Ángela Mallén en la presentación de PoesiApp, de Juan L. de la Cruz. Vitoria-Gasteiz, 25 de noviembre 2019. Salón de grados UPV)





viernes, 8 de noviembre de 2019

EL ENOJO DE LA CLASE POLÍTICA

                  Wäre es da nicht doch einfacher,
die Regierung löste das Volk auf und
wählte ein anderes?

(¿No sería en ese caso más simple
para el gobierno disolver al pueblo
y elegir a otro?)
(Die Lösung / La solución.
Bertolt Brecht)


El pueblo español está castigado a repetir cien veces las Elecciones. Porque no se ha preparado bien el tema y no ha contestado correctamente a la pregunta. Una pregunta fácil, con pocas alternativas.

Es cierto que las nuevas tendencias políticas internacionales han penetrado en la red nacional haciendo que las opciones se multipliquen y con ello se haga un poco más compleja la tarea de acertar la respuesta. También debería tenerse en cuenta que los nuevos representantes políticos son jóvenes e inexpertos y no han sabido explicar del todo bien la lección. Pero, por muchas excusas y pretextos que el pueblo busque o elabore, nunca será eximido de este severo castigo. ¿Cuándo entenderán las personas convocadas a las urnas que lo que está en juego queda por encima de sus insignificantes mentalidades? No se puede votar a la ligera, de manera caprichosa, dejándose llevar por el colorido de las insignias o el atractivo de los programas. Hay que saber separar el grano de la paja. Hay que prepararse el tema.

Y, como no podía ser de otra manera, la clase política está enojada, muy decepcionada. No esperaban tener que darle al pueblo un suspenso general. Es evidente que los partidos no pueden arriesgarse a un nuevo fracaso en sus estrategias, y por eso, el pueblo ha debido pasar de ser sólo sufrido a ser también castigado. Un castigo ejemplar, para que el electorado aprenda de una vez a repartir y dosificar bien sus votos. De seguir la gente como hasta ahora, haciendo el burro y el vago, la clase política presentará una nueva iniciativa según la cual serán los partidos quienes elijan la papeleta que depositaría en las urnas cada miembro de su electorado. De hecho, con el primer bloque que logre la mayoría para formar Gobierno, dicha iniciativa podría convertirse en proyecto de Ley que entraría en vigor tras registrarse en el Congreso y ser ratificada por el Senado.  Por último, y para dejarlo todo bien atado, el claustro de líderes políticos determina, por mayoría cercana a la unanimidad, que sólo en el caso de que el resultado de futuras Elecciones fuera incorrecto y por ello mereciera la calificación de INSUFICIENTE, se disolvería al pueblo y se elegiría a otro. Quizás andemos cerca de tener que aceptar la sugerencia de Bertolt Brecht.

martes, 1 de octubre de 2019

eN LA LuZ dE La “HERMOSA NADA”

Bartleby Editores. Madrid 2019. 112 pág.
Primero se da una atmósfera, y de ella devienen los mundos. Esa es la lógica de toda génesis. Y así también parece haberse generado el espléndido poemario de Rosa Lentini, “Hermosa nada”. Tenemos una atmósfera psíquica, a cuya luz trabaja el pensamiento sobre una urdimbre orgánica. Tenemos una partitura lírica compuesta de aullidos lejanos y susurros internos. Tenemos un enjambre de conceptos semánticamente depurados que logra una imaginería figurativa y desfigurativa a la manera de Francis Bacon. Sin embargo, aunque estemos en la fórmula de Bacon en lo que se refiere a lo inquietante e intenso, somos invitados a evocar la abstracción poética de Dubuffet y el purismo geométrico de Piet Mondrian. El lector recibe de este modo una propuesta multidisciplinar: poesía de lenguaje icónico -casi fílmico por su composición escenográfica- y también una partitura que expresa con energía el eco de la tristeza y con dulzura el resplandor de la memoria, del modo en que un cuarteto de cuerda interpreta el Opus 10 de Claude Debussy.

Hay mucho de anglófilo en la obra de Lentini. Algo que nos hace pensar en un intercambio de aliento con ciertas poetas americanas, como si de algún modo Sharon Olds pensara en Rosa Lentini mientras escribía “Vuelvo a mayo de 1937”. También Tess Gallagher podría estar haciéndole un guiño cuando habla de “escribir con la mente profunda” o cuanto dice “Por un momento, la profundidad del mundo / me devuelve la mirada.” Y es que “Hermosa nada” nos plantea un catálogo de la memoria bajo el resplandor de las epifanías. Lo cotidiano, su objetividad de aristas, el silencio de escenario vacío y la memoria que opera de manera desnuda, cruda, analítica, en busca de una trascendencia sigilosa.

Rosa Lentini nos entrega un trabajo de precisión a la manera de Wisława Szymborska cuando ésta escribía: “Pobres difuntos, inocentes difuntos, engañados, falibles, ineptamente precavidos…”. A lo que Lentini responde desafiante: “La piel que me impedía crecer cae al suelo” (pág.9). Y entonces levanta la mirada, ese gesto, y da con ella en la diana más recóndita del otro, en su brillo, su oscuridad, su núcleo, su muerte. Saber mirar universos interiores, de eso se trata aquí. Traducir el diálogo mudo que emprenden las miradas difíciles. Conversar con las sombras: la madre que se une a las aves del silencio, el padre y su “salto hacia el gran río”. Dramaturgia contenida por un hilván maestro y el bosquejo de una escenografía en la bruma. “Nada está menos en calma que el tiempo detenido/ de un cuarto de hospital” (Pág.18). Constatar que los colores del cielo tiñen las emociones. Probar una tesis: hay que crear un alma para hablar con los ausentes. Un alma que duda entre lo divinizado y lo mineral. Porque las gigantes estatuas sucumben a la fragilidad y luego a la transparencia. Porque la familia, anhelo de caricias, corazones en formol, se vuelve liquen entre las brechas. “Día tras día invento la historia de su amanecer y de su ocaso” (Pág.41). Durante muchas páginas continúa el monólogo de seda abriéndose paso en una naturaleza boscosa de evocaciones y sombras chinescas. Hasta que cae el luto de gigantes en la lejanía, “todo gigante es un ser alejado”, y ya estamos en sus grandes manos.

“Hermosa nada” es una apuesta audaz y milimétricamente calculada. Como una carambola sobre terciopelo negro. Un viaje a un no-lugar donde reposan “las almas con sus recuerdos grabados a fuego” (pág. 62). Toda esa intensidad en calma, todo ese  trabajo de tensión-distensión que emprende la voz poética para analizar y comprender, como quien desmonta y luego ensambla un artilugio complejo  en busca del misterio de su movimiento. Tal vez obediente a lo que nos dijo María Zambrano: “La poesía descubre con la voz el secreto”.

Una poesía “con poder catártico”, dice de ella Ricardo Cano Gaviria; situada “en los confines de la narrativa”, añade Ana Nuño. “Una poesía con mayúscula, en la que todo tiende a ser tentativa de consumación”, opina Javier Lostalé. “Intensa palabra poética, sea en el deslumbramiento o en la desolación”, escribe J.A. Masoliver Ródenas. En todo caso, Lentini establece ante el lector un diálogo elíptico brillante con las siluetas de Mallarmé, Celan y Pizarnik “Renacido a partir de nada, o de casi nada / el sueño de una mudanza que se pierde / sobre un océano sin ruidos” (Pág. 39).

Escribió Chantal Maillard: “Sin embargo, / sin embargo…/… La lucidez es una chispa, un / estado de conciencia / en las multiplicadas estancias… /…Yo soy el infinito proyecto de mí misma / por encima de mí / me sobrevuelo”.  Rosa Lentini se sobrevuela en su “Hermosa nada”, por encima de las estancias y del autoconcepto. No expresa exactamente la calma, sino la vuelta a la calma después de destilar, asimilar, balancear y estabilizar el material simbólico de un paisaje anímico recorrido a vista de pájaro “mientras la noche esconde en la noche su lámpara de hielo” (Pág 98).

Y se hizo la luz de la “hermosa nada”.